jueves, 10 de julio de 2014

MAGALUF



Esa fiesta alborotada de Magaluf da mucho que hablar. Los psicólogos dicen que el alcohol produce una deshinibición total, y en ese desorden se cometen actos que de otro modo no se producirían. La flema británica pierde su encanto ante la irritación que muestran los ingleses echando la culpa a los empresarios de los locales y aseverando que en el Reino Unido les quitarían la licencia. Si existiera alguna culpa no sería de los empresarios. Pero no soy partidario de los juicios superficiales sobre el asunto. Más bien entiendo que procede preguntarse por qué se hacen estas juergas en Magaluf. Y no resulta complicado responder partiendo de que toda persona tiene tres vertientes, según determinó Sigmund Freud: una es la parte que la sociedad quiere ver en nosotros: hábitos y conducta social; la otra es la parte de animal primitivo del que procedemos; y la tercera es la conciencia, que está hecha un lío. Esa parte tan correcta que la sociedad quiere ver en nosotros estrangula demasiado al ser primitivo que llevamos dentro. Cuánto más se hace callar al animal más grande es el desorden cuando éste se escapa de la jaula a través del alcohol o del anonimato. Por eso, el remedio a los desórdenes consistiría en disminuir la hipocresía y aumentar la tolerancia. El paso del tiempo se ocupa de eso con pesada lentitud, aun a pesar de los anacronismos políticos y religiosos, vamos avanzando. Ahora hay menos hipocresía y más tolerancia que hace cincuenta años.