Paula me dijo: Aquí llueve, ha llovido o lloverá. Puede parecer una estulticia ingenua porque eso ocurre aquí y en cualquier lugar, pero quien tenga una acentuada sensibilidad para con las percepciones de su entorno, un mes de diciembre en Santiago de Compostela, puede apreciar un soplo poético en estas palabras. Me impresionó la afirmación de Paula porque comentarios así los hacen los poetas y Paula es abogada en ejercicio, es mi hijastra. En ningún lugar se come tan bien como en Galicia. Yo busqué recomendaciones en un perímetro de unos cien kilómetros y nada, tuve que averiguar los lugares a través de Internet. El mejor restaurante según la crítica: D´Berto, en O Grove, Pontevedra. Está siempre todo reservado, es imposible conseguir mesa, bueno yo no fui capaz. Pero sí conseguí mesa en uno que no veo tan fácil de superar: Terra Nosa, en Santiago. Los centollos pesan varios kilos, nada que ver con los que venden por aquí. Está también el pez Virrey del atlántico, carísimo, pero vale la pena probarlo. En la misma ciudad también se puede ir a una zona de restaurantes exquisitos: Rua do Franco, ahí hay de todo. Se tardarían años en recorrer la magnífica gastronomía Gallega, es fascinante. Nos recomendaron otro de perfil exquisito y sí lo fue: Rios O Freixo, en Serra de Outes. No se aprecia nada de crisis por ningún lado, los restaurantes están todos llenos. En Vigo la gente está en la calle, a las seis de la tarde comienzan a encenderse las luces navideñas, y todos, de aquí y de allá, todos con la mirada hacia arriba viendo el rutilante espectáculo luminoso. La ciudad de Vigo a esta hora queda saturada. Si la intención del alcalde, era impresionar con tanta luz, lo ha conseguido sobradamente. Tardamos casi dos horas en salir del casco urbano en coche. Visita casi obligada a Finisterre, supongo que este nombre viene dado porque es el fin de la tierra, esa es la sensación que da, se acabó el mundo. Así ocurrió con aquel bosquimano en Los dioses deben estar locos que no se detuvo hasta encontrar el fin del mundo para echar una maldita botella de cocacola que había desordenado las conductas de su poblado. Allí, en Finisterre, después de aparcar el coche caminamos unos quince minutos y ya llegamos a la meta final del Camino de Santiago, así que no hace falta caminar durante muchas semanas para llegar a esa meta.


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