sábado, 7 de febrero de 2009

LA ENFERMEDAD DE PERTHES


Yo admiro a estos profesionales, entre otras cosas, porque practican una ciencia sobre la que mis conocimientos son nulos. No podemos prescindir de ellos, son necesarios para todos. A veces he pensado que no es una profesión cualquiera, para ser médico hay que tener vocación y una especie de sólida empatía. Algo misterioso los distingue porque son capaces de sacrificarse para ayudar a los demás. Se produce un curioso contraste al compararlos con el resto de los humanos, en cuyos contextos todo son trampas, trampas pequeñas, trampas grandes y trampas inmensas, como saetas afiladas que nos desangran. Nos desangramos con sufrimientos por daños de los que somos inocentes. Y los médicos, siempre están ahí, incluso ayudándonos con sus prescripciones químicas capaces de mitigar nuestra angustia. Como seres humanos que son también se equivocan, y ahí las consecuencias son fatídicas, más fatídicas que en la mayoría de profesiones. La única vez que he tenido que enfrentarme a un error médico grave tuve la capacidad para actuar con sentido común, lo hice aprovechando los conocimientos de ellos no los míos, porque, insisto, yo no sé nada de medicina. Cuando mi hijo Carlos tenía siete años se quejaba de un dolor en la cadera, al principio no le hacíamos caso, pensábamos que eran síntomas de crecimiento. Pero cuando empezó a quejarse en serio lo llevamos al hospital. Le diagnosticaron la enfermedad de Perthes, que consiste en un deterioro del hueso esférico de la cabeza del fémur. Buscamos al mejor especialista de la ciudad, quien actuó correctamente especificando una férula para que el niño pudiera caminar sin poner el pie en el suelo, la pierna afectada tenía que estar colgando ya que no podía existir presión alguna entre la esfera degenerada del fémur y su alojamiento. Al cabo de dos años, el doctor, tras analizar las radiografías, igual que hacía todos los meses, nos comunicó que era imprescindible operar. Explicó que debía abrir y colocar hierros, y que cuando cumpliera los dieciocho años se le podrían quitar. Nos dijo que si no hacíamos esto el niño sería cojo para siempre. Al enseñarnos unas ilustraciones sobre la operación, yo me quedé horrorizado. Le dije inmediatamente al doctor que no entendía por qué había que operar ya que nos había repetido que esta enfermedad se cura ella sola. Muchos meses atrás nos había explicado que suele recuperarse el riego sanguíneo y eso hace que se regenere el hueso. Y yo insistía en repetirle sus propias palabras, pero no me hacía caso. Por fin, con actitud autoritaria, dijo que había que operar y punto, que no se hablara más del asunto. Incluso nos dio el precio de la operación y se disponía a dar fecha para intervenir a Carlos la siguiente semana. Le contesté que lo tenía que pensar y que ya le diríamos cosas al respecto. Inmediatamente consultamos con otros traumatólogos. Unos decían que la operación propuesta no era correcta, que era necesario poner otra clase de hierros y que se podrían quitar en dos o tres años. Otros decían que la operación que nos habían propuesto inicialmente era correcta. En fin, su madre y yo estábamos desesperados porque todos los traumatólogos de Palma de Mallorca que consultamos querían operar. Yo insistía a mi esposa que no aceptaba la operación y que seguiría investigando. No iba aceptar la contradicción de los médicos, todos se contradecían al insistir en que esa enfermedad curaba sola, pero que según las radiografías, el médico podría considerar la necesidad de intervenir quirúrgicamente. Y lo que veían ellos en esas radiografías tenía mal aspecto, veían la necesidad de operar. No acepté el criterio de estos médicos porque sus explicaciones no se sostenían sobre una base lógica. Supongo que ellos dan pocas explicaciones porque saben que su interlocutor no entiende; pero una cosa es entender de medicina y otra es tener un concepto claro de la lógica de las cosas, cualesquiera que sean.
Los días siguientes a estas consultas, yo estaba abatido. La gente me preguntaba qué me ocurría con esa cara de desgracia, yo lo explicaba a todas las personas con las que hablaba. Casi todas me recomendaban que hiciera caso a los médicos porque si mi hijo quedaba cojo lo llevaría en la conciencia toda la vida. Entonces mi estado de ánimo empeoraba, pero no iba a resignarme. Seguía pensando que si todos los médicos me habían dicho que esa enfermedad se curaba sola tenía que ser así. Bien, por fin encontré a un conocido que me dijo lo siguiente:
—Pedro, en España tenemos el mejor traumatólogo del mundo, está en Barcelona. A mí me salvó un pie. Todos los médicos me lo querían cortar y yo no accedí. Fui a Barcelona y ese médico me curó el pie.
Llamé a la consulta y me dijeron que el profesor doctor no tenía horas disponibles en los siguientes tres meses, pero que nos podía atender su hijo. Acepté. Cuando el brillante traumatólogo, hijo del famoso profesor, miraba las radiografías mis pulsaciones estaban muy aceleradas. El médico se giró hacia nosotros y nos dijo que esto ya estaba casi curado. Dijo que veía claramente en las radiografías que se había restaurado el riego sanguíneo y que en unos seis meses se le podría quitar la férula y ya caminaría con normalidad. Bien, pues me aproveché de los conocimientos de los médicos para curar a mi hijo. A los seis meses Carlos empezó a caminar sin hierros. Tardó algo en recuperar la musculatura de la pierna. El médico vigiló el proceso de mi hijo, una vez al año, hasta que éste cumplió dieciocho años; después nos dijo que ya no hacía falta vigilar nada, la enfermedad se había curado sola.