El día 4 de marzo de 2008 publiqué un artículo titulado “FOLOSOFÍA”. He pensado en este artículo al leer, este sábado, en el Diario de Mallorca, un artículo titulado: “En torno a la filosofía”, Escrito por J. Vidal Valicourt. Lo voy a transcribir. Lo hago por lo incisivo que resulta, y también, porque, de alguna manera, es un texto que se añade a tantos otros que con cualquier tipo de palabras o de historias vienen a confluir en un sentimiento del que hablé en las solapas de mi novela “María León”.
“… Cuando iba viendo que cobraban forma y se volvían auténticos los matices que parecen unir los pensamientos de muchos de los grandes escritores. Estos pensamientos confluyen en una pena, en la pena de ser espectador de la truculenta historia que arrastramos los humanos. Y en la pena, también, de ver con angustia un siglo incipiente en el que aún existen guerras, terrorismo, asesinatos, hambre y desdicha. Es una sensación que aparece como un siseo que perturba, y que reaparece cuando uno vuelve a leer, por ejemplo, a Voltaire, y comprueba cómo su personaje, Cándido, pregunta: “Pero ¿con qué fin se creó el mundo?”. “Para hacernos rabiar —respondió Martín”.
“EN TORNO A LA FILOSOFÍA, por J. Vidal Valicourt.
Tanto Savater como Gabilondo, ahora ministro de educación, tienen parte de razón cuando afirman que la filosofía no sirve para aplacar conciencias o para tranquilizar las mentes. Muy al contrario, el ejercicio del pensar se dirige, justamente, a despertar, a crear más dudas, a no conformarnos con lo dado. Claro, esta actividad, llevada hasta las últimas consecuencias, nos puede conducir a la exasperación del pensamiento, a sospechar las veinticuatro horas del día. La filosofía, en efecto, también ha servido de consolación. Sin embargo, el placer que uno experimenta con la lectura de ciertos filósofos tiene más que ver con el insomnio que con la modorra. El insomnio del pensamiento es ese estado de permanente alerta, siempre al acecho, vigilante. Por esa senda podemos alcanzar una suerte de embriaguez filosófica sin aditivos. El propio pensamiento segrega sus propias sustancias estupefacientes. Nos sobran drogas exógenas. Para conciliar el sueño podemos servirnos de varios fármacos que nos instalarán, si son eficaces, entre los brazos de Morfeo. Siempre he dudado de ese dicho que dice: “Hay que tomarse las cosas con filosofía”. Cuando lo que se requiere en verdad insinuar es que hay que tomarse las cosas con serenidad. Que se lo digan a Gustavo Bueno, y luego hablamos. Por supuesto que pensar cansa lo suyo, que poner en entredicho ciertos enunciados que nos endilgan como verdaderos también fatiga el cerebro. Y, claro, siempre dan ganas de arrojar la toalla, de renunciar y decir: vale, aquí lo dejo. Los que hemos estudiado filosofía sabemos que ésta es un disciplina —disciplina de la indisciplina, decía un profesor mío— que no nos abandona así por las buenas. La alejamos de nosotros durante un tiempo, pero siempre regresa a darnos la vara para que no caigamos en la molicie del cacumen. La filosofía, tan maltratada por las instituciones, gobiernos de turno y planes de estudio, sigue ahí, a ratos agazapada, pero siempre dispuesta a emerger de sus cenizas. Estoy con Deleuze cuando afirma que la filosofía no es una serie de reflexiones sobre algún tema o cuestión, pues para reflexionar no necesitamos de ella. La filosofía, dice el filósofo francés, tiene más que ver con el arte y la creación. Y con esto conecta con el espíritu nietzscheano, que aborrecía a los filósofos de salón y cátedra para aliarse con los filósofos que sabían cantar y bailar, y ya no digamos volar.
Por eso celebro que tanto Savater como el ahora ministro Gabilondo coincidan en este punto: la filosofía no es un catecismo o un breviario de consolación sino una espoleta del pensamiento, ese pensamiento que no debe descansar sino que siempre tiene que estar en activo, de guardia, sacudiendo el muermo de la polis. Evidentemente, la filosofía tiene poco o nada que ver con esa historia de la filosofía que nos hicieron mamar en su momento, un anodino rosario de filósofos, una alineación casi futbolística que va de Platón a Witgenstein, por poner dos ejemplos. Se trata, más bien, de articular el pensamiento de estos pensadores con el nuestro: pensar desde y a través de ellos y, lo que es más difícil, que nos incumban sus inquietudes y sus propuestas para incorporarlas a nuestra existencia. El viejo dicho que dice que la filosofía no sirve para nada y, por tanto, ahí radica su libertad, también habría que ponerlo bajo sospecha. La idea es buena, pues quiere dar a entender que la filosofía no sirve para nada. Hace más de veinte años me apunté a ella con ese espíritu, para no servir a nadie. Tremendo plan. Sin embargo, en algunas empresas estadounidenses empezaron a contratar a licenciados en filosofía. No saben el peligro que corrían al incorporar un marciano a su plantilla de trabajadores. Pero, en fin, por algo se empieza. O por algo se acaba.”
Desde la modestia de este Blog quiero enviar un aplauso a este filósofo por decir cosas que yo tengo pensadas y que no supe escribir en mi primer artículo sobre filosofía. Sí, resulta asombrosamente cierto, quien investigue sobre la historia del pensamiento humano está inyectándose una especie de sustancia estupefaciente que le convierte en un ser extraño. Y comienza a ver muchos payasos por ahí, y más en las altas esferas de las finanzas y la política. No creo que a estas alturas nos encontremos con ridículos filósofos de salón, a los que despreciaba Nietzsche. La gente que ha estudiado filosofía sabe que tiene una especie de opio pegado a su pensamiento del que no se va a desprender jamás, tampoco lo desea. Ahora, los ridículos filósofos de salón no son filósofos, son políticos y financieros de éxito que el tiempo y la justicia acaban llevando a la cárcel. Al contrario que determinados políticos, un filósofo no es un ladrón; un filósofo, como decía, tiene una especie de opio en su pensamiento que, de alguna manera le enriquece, y no siente avidez alguna por la acumulación de estos bienes materiales que tantos orgasmos provocan en el alma vacía de altos ejecutivos y en los ladrones de la política. Un filósofo llora y puede acabar enloqueciendo, como Nietzsche, al ver esa miseria humana que tan brillantemente representan personas de nuestra Comunidad, como Matas o Munar, por nombrar sólo a dos de los más destacados. El pueblo estaría de acuerdo en que hubieran ahorrado gran parte de los altos sueldos que han tenido; pero el pueblo no acepta que hoy en día sean multimillonarios en euros, porque la evidencia de la utilización del cargo público para enriquecerse es demasiado clara. El dinero que la gente arranca a su sueldo para los impuestos, ellos lo roban y se lo llevan a su casa para comprarse joyas y palacios. Parece como si volviéramos a la Edad Media. ¡Qué horror! ¡Qué vergüenza! Mi hijo Roberto me dice que esa conducta es inherente al ser humano; no quiero tener en cuenta esa visión, es la de una persona que está acabando la carrera de derecho.
Cuando empecé a escribir en este blog me propuse no hablar de política, no deseo hacerlo; pero es que lo que dicen los periódicos me está poniendo enfermo. Me siento estafado, yo creía que Matas había sido un buen Presidente. Lo que no he creído nunca es que Munar sea una persona ejemplar. Esa cara de actriz de culebrón venezolano que siempre nos ha mostrado en los periódicos la delataba. No merece que la compare con algún personaje histórico de estas características, sólo merece que la justicia haga lo que tenga que hacer. Esta mujer resulta tan patética como nos parecería un asesino que se jactara con arrogancia de su crimen.
Sí, puede que un filósofo sea un marginado; un marginado que contempla un índice de estupidez demasiado extendido. Luego ocurre que tal vez el estúpido sea el filósofo. ¿Dónde está la verdad? A eso no lo sabe nadie. La verdad, cuando alguien la encuentra y se aferra a la certidumbre de que la ha encontrado, puede que se esté aferrando a algo volátil y resbaladizo. La verdad no es, necesariamente, real.
domingo 8 de noviembre de 2009
viernes 2 de octubre de 2009
EL OTOÑO
El otoño mantiene un fino paralelismo con los domingos por la tarde, el otoño es una manera anual de languidecer, y el domingo por la tarde es una manera semanal de lo mismo.
Tengo escrito que durante el otoño caen las hojas de los árboles como en un suicidio colectivo de pájaros. Esa monotonía acompaña al estado de ánimo, y se acentúa al tener que mantenernos como observadores del desolador panorama que nos ofrecen los políticos y poderosos en general. La risita de Camps a mí no me hace ni una pizca de gracia. Y el yupi Costa, a estas alturas, resulta patético. Nombro a estos dos personajes porque me duele que gobiernen a los valencianos, yo mismo me considero valenciano porque he vivido y trabajado durante siete años allí, y adoro a esa ciudad y a su gente. El número dos del BBVA se jubila cobrando 6.000 € al día, mientras la mayoría de la gente anda con dificultades para llegar a fin de mes. Menos mal que este otoño nos trae de nuevo a El Gran Wyoming para partirnos de risa. No queda más remedio que reír porque llorando no sacaremos nada; en cambio, con las risas, el cuerpo parece burbujear como en un indicio suave de catarsis sexual.
Yo he llegado a mi edad siendo socialista, pero nunca los voy a votar; nunca lo he hecho. Una cosa es el romanticismo utópico de lo que no somos capaces de obtener, y otra muy distinta es la administración coherente de la cosa pública. Un romántico no puede gobernar, los socialistas no pueden gobernar. Si no les quitan pronto de sus responsabilidades, España puede dar un vuelco y acercarse de nuevo a la vergüenza que fuimos gran parte del siglo XX.
Las utopías del socialismo quedaron convertidas en asesinas dictaduras militares. Y ahora mismo, si pienso en George Orwel, sé que me entrarán ganas de llorar. Su “Rebelión en la Granja” pone los pelos de punta a cualquier humano. Stalin, el gran socialista, ordenó matar a más de seis millones de personas. Y ahora ese socialismo moderno de Zapatero nos va a matar de angustia. En un año ha multiplicado por cuatro el déficit del Estado. Y lo doloroso del caso es que se mantiene firme en idealismos que no funcionan. Él lee a Borges, y tal vez sea la enmarañada lírica de ese gran escritor lo que le lía. Borges lía a cualquiera. Y, además, Zapatero se ha dejado liar por las románticas convicciones de su juventud. Está bien que se reafirme en que no hay que ponerse del lado de los poderosos, eso está bien; pero ocurre que si no hace lo que hay que hacer, los poderosos no dan trabajo y se detiene la actividad económica. Yo tampoco valgo para eso de la política, pero las cosas, casi siempre, funcionan con una lógica bastante elemental. Y mejor no hablar de nuestros políticos, los de aquí. Eso es una vergüenza.
La lógica elemental diría, por ejemplo, que quien fue, posiblemente, el mayor delincuente internacional de la historia de España; individuo que, además, contribuyó enormemente a que nuestro país viviera de rodillas durante cuarenta años, no tuviera a su nombre una de las principales avenidas de nuestra ciudad. A eso lo diría la lógica más elemental, pero no podemos esperar nada de lógica, por muy elemental que sea, de nuestros políticos. La avenida Juan March Ordinas, no debería llamarse así. Es una vergüenza.
A Borges nunca le dieron el Nobel de literatura, y hay quien cree que es una injusticia; yo no, yo pienso que no lo mereció. Pero he aprendido a ser cauto en mis juicios porque en algunas ocasiones he tenido que admitir que quien no daba la talla era yo. Así que vamos a dejar la memoria de Borges intacta. Aprendí hace tiempo a pensar que cuando un escritor no me gusta, tal vez sea yo el malo, no el escritor. Es una buena receta de humildad que se podría extrapolar a todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. A menudo conviene tener la boca cerrada, aunque sea sólo por tener en cuenta una frase muy atinada de Mark Twain. Dice así: “Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar toda duda”. Así que me callo, y dejo escrito un poema sin rima ni medida, que no va dirigido a nadie.
Poema de Otoño para una mujer desconocida.
.
El otoño te ensombrece a pesar de tus
sonrisas porque el dolor corroe silencioso tus
entrañas. Tu matrimonio no funciona y le
echas la culpa a él.
Y cuando llegue la Navidad ya te habrás
acostumbrado a las sombras, pero entonces
se oscurecerán más, y sólo te quedará
el alivio de mirar la candorosa sonrisa de tus hijos.
La foto es falsa, es un instante demasiado
rápido que pretende embaucar al tiempo,
y un instante no es nada; aunque
después te alivies mirándola, te alivias por nada.
Ya has limpiado tu ordenado carmín.
No ha servido para nada.
La noche continúa siendo tibia para el
cuerpo y fría para el corazón.
La telebasura te alivia al ver trapos sucios ajenos,
Así te ves mejor, tú no tienes tantos.
No te consueles con eso, no sirve de nada.
Mañana tendrás de nuevo legañas en los ojos.
Siempre volverá la monotonía del domingo
por la tarde, y la del otoño, lleno de hojas secas
volando inexorablemente hacia sus tumbas
llenas de gusanos.
Tengo escrito que durante el otoño caen las hojas de los árboles como en un suicidio colectivo de pájaros. Esa monotonía acompaña al estado de ánimo, y se acentúa al tener que mantenernos como observadores del desolador panorama que nos ofrecen los políticos y poderosos en general. La risita de Camps a mí no me hace ni una pizca de gracia. Y el yupi Costa, a estas alturas, resulta patético. Nombro a estos dos personajes porque me duele que gobiernen a los valencianos, yo mismo me considero valenciano porque he vivido y trabajado durante siete años allí, y adoro a esa ciudad y a su gente. El número dos del BBVA se jubila cobrando 6.000 € al día, mientras la mayoría de la gente anda con dificultades para llegar a fin de mes. Menos mal que este otoño nos trae de nuevo a El Gran Wyoming para partirnos de risa. No queda más remedio que reír porque llorando no sacaremos nada; en cambio, con las risas, el cuerpo parece burbujear como en un indicio suave de catarsis sexual.
Yo he llegado a mi edad siendo socialista, pero nunca los voy a votar; nunca lo he hecho. Una cosa es el romanticismo utópico de lo que no somos capaces de obtener, y otra muy distinta es la administración coherente de la cosa pública. Un romántico no puede gobernar, los socialistas no pueden gobernar. Si no les quitan pronto de sus responsabilidades, España puede dar un vuelco y acercarse de nuevo a la vergüenza que fuimos gran parte del siglo XX.
Las utopías del socialismo quedaron convertidas en asesinas dictaduras militares. Y ahora mismo, si pienso en George Orwel, sé que me entrarán ganas de llorar. Su “Rebelión en la Granja” pone los pelos de punta a cualquier humano. Stalin, el gran socialista, ordenó matar a más de seis millones de personas. Y ahora ese socialismo moderno de Zapatero nos va a matar de angustia. En un año ha multiplicado por cuatro el déficit del Estado. Y lo doloroso del caso es que se mantiene firme en idealismos que no funcionan. Él lee a Borges, y tal vez sea la enmarañada lírica de ese gran escritor lo que le lía. Borges lía a cualquiera. Y, además, Zapatero se ha dejado liar por las románticas convicciones de su juventud. Está bien que se reafirme en que no hay que ponerse del lado de los poderosos, eso está bien; pero ocurre que si no hace lo que hay que hacer, los poderosos no dan trabajo y se detiene la actividad económica. Yo tampoco valgo para eso de la política, pero las cosas, casi siempre, funcionan con una lógica bastante elemental. Y mejor no hablar de nuestros políticos, los de aquí. Eso es una vergüenza.
La lógica elemental diría, por ejemplo, que quien fue, posiblemente, el mayor delincuente internacional de la historia de España; individuo que, además, contribuyó enormemente a que nuestro país viviera de rodillas durante cuarenta años, no tuviera a su nombre una de las principales avenidas de nuestra ciudad. A eso lo diría la lógica más elemental, pero no podemos esperar nada de lógica, por muy elemental que sea, de nuestros políticos. La avenida Juan March Ordinas, no debería llamarse así. Es una vergüenza.
A Borges nunca le dieron el Nobel de literatura, y hay quien cree que es una injusticia; yo no, yo pienso que no lo mereció. Pero he aprendido a ser cauto en mis juicios porque en algunas ocasiones he tenido que admitir que quien no daba la talla era yo. Así que vamos a dejar la memoria de Borges intacta. Aprendí hace tiempo a pensar que cuando un escritor no me gusta, tal vez sea yo el malo, no el escritor. Es una buena receta de humildad que se podría extrapolar a todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. A menudo conviene tener la boca cerrada, aunque sea sólo por tener en cuenta una frase muy atinada de Mark Twain. Dice así: “Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar toda duda”. Así que me callo, y dejo escrito un poema sin rima ni medida, que no va dirigido a nadie.
Poema de Otoño para una mujer desconocida.
.
El otoño te ensombrece a pesar de tus
sonrisas porque el dolor corroe silencioso tus
entrañas. Tu matrimonio no funciona y le
echas la culpa a él.
Y cuando llegue la Navidad ya te habrás
acostumbrado a las sombras, pero entonces
se oscurecerán más, y sólo te quedará
el alivio de mirar la candorosa sonrisa de tus hijos.
La foto es falsa, es un instante demasiado
rápido que pretende embaucar al tiempo,
y un instante no es nada; aunque
después te alivies mirándola, te alivias por nada.
Ya has limpiado tu ordenado carmín.
No ha servido para nada.
La noche continúa siendo tibia para el
cuerpo y fría para el corazón.
La telebasura te alivia al ver trapos sucios ajenos,
Así te ves mejor, tú no tienes tantos.
No te consueles con eso, no sirve de nada.
Mañana tendrás de nuevo legañas en los ojos.
Siempre volverá la monotonía del domingo
por la tarde, y la del otoño, lleno de hojas secas
volando inexorablemente hacia sus tumbas
llenas de gusanos.
domingo 26 de julio de 2009
EL VERANO
Recuerdo que cuando yo era un niño, en el colegio, tenía un libro que mostraba las estaciones del año con dibujos. Para el verano había un sol amarillo. El sol siempre es amarillo, según Toquinho. Después había un niño sonriendo que comía un helado. ¡Qué emoción! Eso significaba que estaríamos de vacaciones, vacaciones de verano. No habría que aguantar la pesadilla de los profesores. A mí me daban miedo los profesores. Cuando tenía doce años, el maestro de escuela de mi pueblo se pasó toda una tarde acariciándome la ingle amparado por la opacidad de su mesa. Yo fui consciente de ello unos años después. El profesor de matemáticas, ya en el bachiller, golpeó con sus llaves en la cabeza de un compañero hasta que le sangró abundantemente. Aquello era terrible. ¡Malditos sacerdotes! Llevaban la disciplina de Torquemada en sus entrañas. No sé si me han quedado secuelas de aquellos tiempos, me veo bastante bien; pero no creo que todas las personas que me conocen opinen lo mismo.
No sé tampoco cómo fue posible que en aquellos tiempos de mi niñez escuchara “Theme from a summer place”, de Percy Faith. Bueno a mí me gusta más mi idioma, queda mucho más poético decir “TEMA DE UN LUGAR DE VERANO”. Desde entonces, desde que escuché por primera vez esta pieza musical, los lugares de verano, cuando los visito, parece como si me acariciaran… Los aromas, las perspectivas, el antiguo romanticismo estúpido de los niños de mi generación. La incertidumbre del futuro, la inconsciencia de una dictadura militar. Mi primer coche, un Seiscientos. Todo eso ya pasó, muy rápido, porque uno se entera que ya ha pasado de los cincuenta años. Y, salvo que la nanotecnología nos devuelva a la adolescencia, esto no tiene arreglo.
Ahora somos más débiles, yo soporto la canícula porque sé que tengo aire acondicionado en casa, en la oficina y en el coche; si no fuera así, seguro que me quedaría aplastado en el asfalto. Añoro el campo; allí, debajo de un árbol, se puede soportar el calor. Debajo de un árbol, a uno le da tiempo a preguntarse cómo es posible que no revienten las cigarras, su nivel sonoro es asombroso. Puedo entender a Delibes cuando dijo: “Soy un hombre de soledad y de campo”. Yo quisiera ser así, pero con mis dudas existenciales, la verdad es que no estoy seguro de nada. Y más ante el presentimiento de que los hombres vamos caminando inexorablemente hacia una postura diferente. No creo que podamos decir que las mujeres son el sexo débil. Eso no es cierto. Y se hace más ostensible en verano. Corremos el riesgo de enamorarnos de una preciosa silueta, y que después tengamos que emocionarnos llorando con la canción de Richard Cocciante “Bella sin Alma”. ¡Qué énfasis, y cuánta emoción! Una manera, como cualquier otra, de convertir la tristeza en poesía. Los mejores poemas son los más tristes. La ilusión de enamorarse y las flores de la primavera vierten muchos versos mustios sobre los papeles, y no hacen otra cosa que aflorar la estulticia que tan brillantemente disimulamos. Yo me veo demasiado pequeño ante los versos, guardo algunos en el alma; pero no los escribí yo. Las mujeres también tienen penas de amor, pero ellas son más poderosas, y lo quieren todo a su manera; cosa que no siempre es posible. Puede que sean las canciones las culpables de todos los males, y pienso otra vez en Richard Cocciante, en Margarita:
http://www.youtube.com/watch?v=ByqWogTA_EQ
Yo no puedo estar parado, con las manos tan vacías,
tantas cosas debo hacer, antes que venga el alba
y si ella está durmiendo, yo no puedo descansar
haré de forma que al despertar, no me pueda ya olvidar.
y para que esta larga noche, ya no sea más oscura,
hazte grande dulce luna, y llena el cielo entero,
y para que pueda volver aquí, su sonrisa aún ahora,
brilla sol, por la mañana, como nunca hiciste antes.
y para hacerle cantar, la canción que aprendió,
yo le construiré un silencio que jamás nadie escuchó,
despertaré a los amantes, hablaré horas y horas,
abracémonos más fuerte, porque ella ama el amor.
y corramos por las calles y bailemos con la gente,
porque ella quiere alegría, porque ella odia el rencor.
y con cubos de pintura, pintaremos las paredes,
casas, calles y palacios, porque ella ama el color,
recojamos muchas flores que nos dé la primavera,
construyamos una cama para amarnos si anochece
y subamos hasta el cielo, y cojamos una estrella
porque Margarita es buena, porque Margarita es bella.
porque Margarita es dulce, porque Margarita vive,
porque Margarita ama, y lo hace una noche entera,
porque Margarita es un sueño, porque Margarita es el sol,
porque Margarita es el viento y no sabe que puede herirme
porque Margarita es todo y ella es mi locura,
Margarita, es Margarita, Margarita ahora, es mía…
…Margarita ahora es mía.
Y ocurre que Margarita no existe, y si existe, tarde o temprano deja de ser un sueño para convertirse en un sargento que no hace otra cosa más que emitir una cantinela en la que se repiten constantemente nuestros defectos, los masculinos. Pero el verano es bonito, es perfecto… es Margarita. Y cuando se va, uno puede subir a un avión en su busca, unas horas…
No sé tampoco cómo fue posible que en aquellos tiempos de mi niñez escuchara “Theme from a summer place”, de Percy Faith. Bueno a mí me gusta más mi idioma, queda mucho más poético decir “TEMA DE UN LUGAR DE VERANO”. Desde entonces, desde que escuché por primera vez esta pieza musical, los lugares de verano, cuando los visito, parece como si me acariciaran… Los aromas, las perspectivas, el antiguo romanticismo estúpido de los niños de mi generación. La incertidumbre del futuro, la inconsciencia de una dictadura militar. Mi primer coche, un Seiscientos. Todo eso ya pasó, muy rápido, porque uno se entera que ya ha pasado de los cincuenta años. Y, salvo que la nanotecnología nos devuelva a la adolescencia, esto no tiene arreglo.
Ahora somos más débiles, yo soporto la canícula porque sé que tengo aire acondicionado en casa, en la oficina y en el coche; si no fuera así, seguro que me quedaría aplastado en el asfalto. Añoro el campo; allí, debajo de un árbol, se puede soportar el calor. Debajo de un árbol, a uno le da tiempo a preguntarse cómo es posible que no revienten las cigarras, su nivel sonoro es asombroso. Puedo entender a Delibes cuando dijo: “Soy un hombre de soledad y de campo”. Yo quisiera ser así, pero con mis dudas existenciales, la verdad es que no estoy seguro de nada. Y más ante el presentimiento de que los hombres vamos caminando inexorablemente hacia una postura diferente. No creo que podamos decir que las mujeres son el sexo débil. Eso no es cierto. Y se hace más ostensible en verano. Corremos el riesgo de enamorarnos de una preciosa silueta, y que después tengamos que emocionarnos llorando con la canción de Richard Cocciante “Bella sin Alma”. ¡Qué énfasis, y cuánta emoción! Una manera, como cualquier otra, de convertir la tristeza en poesía. Los mejores poemas son los más tristes. La ilusión de enamorarse y las flores de la primavera vierten muchos versos mustios sobre los papeles, y no hacen otra cosa que aflorar la estulticia que tan brillantemente disimulamos. Yo me veo demasiado pequeño ante los versos, guardo algunos en el alma; pero no los escribí yo. Las mujeres también tienen penas de amor, pero ellas son más poderosas, y lo quieren todo a su manera; cosa que no siempre es posible. Puede que sean las canciones las culpables de todos los males, y pienso otra vez en Richard Cocciante, en Margarita:
http://www.youtube.com/watch?v=ByqWogTA_EQ
Yo no puedo estar parado, con las manos tan vacías,
tantas cosas debo hacer, antes que venga el alba
y si ella está durmiendo, yo no puedo descansar
haré de forma que al despertar, no me pueda ya olvidar.
y para que esta larga noche, ya no sea más oscura,
hazte grande dulce luna, y llena el cielo entero,
y para que pueda volver aquí, su sonrisa aún ahora,
brilla sol, por la mañana, como nunca hiciste antes.
y para hacerle cantar, la canción que aprendió,
yo le construiré un silencio que jamás nadie escuchó,
despertaré a los amantes, hablaré horas y horas,
abracémonos más fuerte, porque ella ama el amor.
y corramos por las calles y bailemos con la gente,
porque ella quiere alegría, porque ella odia el rencor.
y con cubos de pintura, pintaremos las paredes,
casas, calles y palacios, porque ella ama el color,
recojamos muchas flores que nos dé la primavera,
construyamos una cama para amarnos si anochece
y subamos hasta el cielo, y cojamos una estrella
porque Margarita es buena, porque Margarita es bella.
porque Margarita es dulce, porque Margarita vive,
porque Margarita ama, y lo hace una noche entera,
porque Margarita es un sueño, porque Margarita es el sol,
porque Margarita es el viento y no sabe que puede herirme
porque Margarita es todo y ella es mi locura,
Margarita, es Margarita, Margarita ahora, es mía…
…Margarita ahora es mía.
Y ocurre que Margarita no existe, y si existe, tarde o temprano deja de ser un sueño para convertirse en un sargento que no hace otra cosa más que emitir una cantinela en la que se repiten constantemente nuestros defectos, los masculinos. Pero el verano es bonito, es perfecto… es Margarita. Y cuando se va, uno puede subir a un avión en su busca, unas horas…
lunes 8 de junio de 2009
LEIRE PAJÍN
No voy a hacer bromas sobre la musicalidad folklórica de su nombre, y menos aún sobre el inevitable apellido, vocablo que, normalmente, acaba en “a” en lugar de “in”, para referirse a comida de rumiantes (ni por un momento he pensado en breves onanismos). Voy a referirme solamente a la vergüenza que sentí ante su reciente y famosa disertación sideral. Ella anunció la coincidencia de Obama en USA y Zapatero en la UE como un acontecimiento planetario. Sentí escalofrío al ver la necedad intelectual de quien ocupa, creo, el número tres en el organigrama del partido político que nos gobierna. Tal simplicidad infantil no es compatible con estar en las altas esferas del poder político. A la señora Pajín yo le atribuyo una edad intelectual de siete años. Imagino en su mente fantasías y aspiraciones en el sentido de ver vestidos de Batman o de Superman a estos dos políticos volando por los cielos de océano Atlántico, parando con sus propias manos un enorme meteorito que iba a destruir nuestro planeta. Esta señora le ha hecho un flaco favor al Presidente, quien mostraría coherencia si la destituyera y la colocara de conserje en las puertas de la sede del partido.
Yo, como español, he sentido vergüenza al verme representado por un personajillo de tres al cuarto. Sí, quienes hablan de cosas políticas en la televisión, de alguna manera, representan al resto de ciudadanos de un país. Ahora que en el resto del mundo ya no piensan que somos sólo un país de flamenco y toros, sale esta nefelibata a decir tonterías para que el resto del planeta nos rebaje de nuevo al zapateado y el vinito. Somos un país importante, estamos entre los diez países más importantes del mundo, no merecemos esta espantosa ridiculez. Yo aplaudo desde aquí, lugar desconocido, a El Gran Wyoming porque reaccionó rápido, y propuso una votación respecto al asunto de la Pajín, en el sentido de que la gente pusiera luz a la cuestión con sus votos, inclinándose por Alf o por ET. También me dan miedo las manifestaciones públicas de la ministra Aído, otra brillantez intelectual del Presidente.
Yo, como español, he sentido vergüenza al verme representado por un personajillo de tres al cuarto. Sí, quienes hablan de cosas políticas en la televisión, de alguna manera, representan al resto de ciudadanos de un país. Ahora que en el resto del mundo ya no piensan que somos sólo un país de flamenco y toros, sale esta nefelibata a decir tonterías para que el resto del planeta nos rebaje de nuevo al zapateado y el vinito. Somos un país importante, estamos entre los diez países más importantes del mundo, no merecemos esta espantosa ridiculez. Yo aplaudo desde aquí, lugar desconocido, a El Gran Wyoming porque reaccionó rápido, y propuso una votación respecto al asunto de la Pajín, en el sentido de que la gente pusiera luz a la cuestión con sus votos, inclinándose por Alf o por ET. También me dan miedo las manifestaciones públicas de la ministra Aído, otra brillantez intelectual del Presidente.
jueves 4 de junio de 2009
TABACO Y ENERGÍA
Coincidiendo con el día mundial contra el tabaco, se me ocurre hacer una pequeña reflexión. Desde hace algunos años, parece que está sobradamente demostrado que el tabaco es perjudicial para la salud. Las campañas de los gobiernos hacen que los fumadores, en determinados contextos, nos sintamos algo marginados. Tal vez sea cierto, puede que las personas que no somos capaces de dejar de fumar seamos marginados. Las noticias que se escuchan sobre el asunto son asechanzas en el sentido de endurecer las cosas: subir el precio, ampliar los lugares prohibidos, amenazar con una muerte cruel, etc.
Y yo me pregunto de qué somos culpables los fumadores. Pienso que soy inocente, o mejor dicho, yo, igual que los demás fumadores, soy víctima de una sustancia altamente adictiva que se vende de manera legal y deja abultados beneficios a unos pocos. Por qué siempre tiene que recibir el castigo de todas las cosas el humilde ciudadano de a pie. No entiendo correctas las medidas de los gobiernos respecto a poner el tabaco a un precio de escándalo, tampoco estoy de acuerdo con los mensajes de advertencia respecto a que el tabaco mata. No deberían decirnos eso a nosotros, las víctimas de esa adicción. Deberían, por ejemplo, crear leyes que obligaran a las empresas fabricantes de esa droga a que disminuyeran la sustancia adictiva del tabaco un diez por ciento cada año, para que, de esta manera, los fumadores pudiéramos ir perdiendo paulatinamente la ansiedad. Esa ley debería dejar previsto que dentro de diez años el tabaco fuera una sustancia natural, no adictiva. Así los fumadores que continuaran con esa absurda costumbre lo harían por su propia voluntad, y no obligados por el veneno que crea enormes riquezas a costa de la salud de las personas. Yo le diría a los gobiernos que dejen de envenenarnos con la nicotina que permiten vender por ahí; que nos den, insisto, un plazo de diez años para derrotar nuestra adicción.
De todas maneras, cualquier cuestión que tenga una lógica aplastante y pueda perjudicar los intereses económicos de los poderosos, como la que estoy exponiendo, no tiene ninguna posibilidad de prosperar. Acatamos más o menos resignados lo que nos dice la televisión, y continuamos siendo víctimas de los hombres sin rostro que están detrás de todas las cosas que nos afectan.
Esto del tabaco es algo parecido a lo que pasa con la gasolina. No se ha dejado que prospere la tecnología que permite funcionar con baterías eléctricas a los coches; bueno, en los campos de golf, sí. Sólo ahora, cuando todos somos conscientes de que el petróleo puede acabarse en veinte años, parece que empiezan a despuntar las energías renovables. Parece que sólo ahora somos conscientes de que la naturaleza nos ofrece de manera gratuita la energía que puede liberarnos del petróleo y de la contaminación. Pero esa reconversión de la energía no será fácil, antes tendrán que inventar un procedimiento que les permita consolidar la forma de quedarse con esa parte de sueldo que ahora obtienen por ese concepto. Weblara, mi amiga de Blog, decía que aquí no pintamos nada, y yo le respondí que en otro lugar tampoco. No, no pintamos nada en ninguna parte. En el pasado, antes del petróleo, los poderosos dominaban a las personas diciéndoles que si no obedecían todo lo que a ellos se les antojara, irían al infierno, y allí no morirían sin más, sino que sufrirían una combustión eterna en sus entrañas. Todos sabemos lo que ocurre cuando uno acerca una llama a la yema de un dedo, así que la perspectiva de esa sensación en todo el cuerpo y para toda una eternidad no resultaba muy halagüeña. De esta manera la gente pagaba dinero a la iglesia para obtener el perdón de los pecados y abrir un camino hacia el cielo. Sacaron tanto dinero a la gente que aún pueden continuar viviendo en sus palacios, el Vaticano es la prueba más escandalosa de esa desgraciada realidad.
La electricidad nos la da el sol sin cobrar nada, con ella podríamos tener las mismas comodidades que tenemos ahora sin tener que pagar. Pero no nos dejarán disfrutar de eso. O tal vez sí, pero tendremos que firmar una hipoteca para financiar estas instalaciones que tendrá un plazo de amortización de cien años, y así dejaremos a nuestros hijos y a nuestros nietos hipotecados para siempre. Todo ello en beneficio de los que siguen acumulando toda la riqueza de este planeta, unos pocos.
Y yo me pregunto de qué somos culpables los fumadores. Pienso que soy inocente, o mejor dicho, yo, igual que los demás fumadores, soy víctima de una sustancia altamente adictiva que se vende de manera legal y deja abultados beneficios a unos pocos. Por qué siempre tiene que recibir el castigo de todas las cosas el humilde ciudadano de a pie. No entiendo correctas las medidas de los gobiernos respecto a poner el tabaco a un precio de escándalo, tampoco estoy de acuerdo con los mensajes de advertencia respecto a que el tabaco mata. No deberían decirnos eso a nosotros, las víctimas de esa adicción. Deberían, por ejemplo, crear leyes que obligaran a las empresas fabricantes de esa droga a que disminuyeran la sustancia adictiva del tabaco un diez por ciento cada año, para que, de esta manera, los fumadores pudiéramos ir perdiendo paulatinamente la ansiedad. Esa ley debería dejar previsto que dentro de diez años el tabaco fuera una sustancia natural, no adictiva. Así los fumadores que continuaran con esa absurda costumbre lo harían por su propia voluntad, y no obligados por el veneno que crea enormes riquezas a costa de la salud de las personas. Yo le diría a los gobiernos que dejen de envenenarnos con la nicotina que permiten vender por ahí; que nos den, insisto, un plazo de diez años para derrotar nuestra adicción.
De todas maneras, cualquier cuestión que tenga una lógica aplastante y pueda perjudicar los intereses económicos de los poderosos, como la que estoy exponiendo, no tiene ninguna posibilidad de prosperar. Acatamos más o menos resignados lo que nos dice la televisión, y continuamos siendo víctimas de los hombres sin rostro que están detrás de todas las cosas que nos afectan.
Esto del tabaco es algo parecido a lo que pasa con la gasolina. No se ha dejado que prospere la tecnología que permite funcionar con baterías eléctricas a los coches; bueno, en los campos de golf, sí. Sólo ahora, cuando todos somos conscientes de que el petróleo puede acabarse en veinte años, parece que empiezan a despuntar las energías renovables. Parece que sólo ahora somos conscientes de que la naturaleza nos ofrece de manera gratuita la energía que puede liberarnos del petróleo y de la contaminación. Pero esa reconversión de la energía no será fácil, antes tendrán que inventar un procedimiento que les permita consolidar la forma de quedarse con esa parte de sueldo que ahora obtienen por ese concepto. Weblara, mi amiga de Blog, decía que aquí no pintamos nada, y yo le respondí que en otro lugar tampoco. No, no pintamos nada en ninguna parte. En el pasado, antes del petróleo, los poderosos dominaban a las personas diciéndoles que si no obedecían todo lo que a ellos se les antojara, irían al infierno, y allí no morirían sin más, sino que sufrirían una combustión eterna en sus entrañas. Todos sabemos lo que ocurre cuando uno acerca una llama a la yema de un dedo, así que la perspectiva de esa sensación en todo el cuerpo y para toda una eternidad no resultaba muy halagüeña. De esta manera la gente pagaba dinero a la iglesia para obtener el perdón de los pecados y abrir un camino hacia el cielo. Sacaron tanto dinero a la gente que aún pueden continuar viviendo en sus palacios, el Vaticano es la prueba más escandalosa de esa desgraciada realidad.
La electricidad nos la da el sol sin cobrar nada, con ella podríamos tener las mismas comodidades que tenemos ahora sin tener que pagar. Pero no nos dejarán disfrutar de eso. O tal vez sí, pero tendremos que firmar una hipoteca para financiar estas instalaciones que tendrá un plazo de amortización de cien años, y así dejaremos a nuestros hijos y a nuestros nietos hipotecados para siempre. Todo ello en beneficio de los que siguen acumulando toda la riqueza de este planeta, unos pocos.
domingo 17 de mayo de 2009
EL DEMONIO
El demonio es una metáfora. Es la metáfora de la crisis, de la fiebre porcina, del desempleo, de la soledad y de las tragedias. Pero en ningún caso es metáfora de las blasfemias, tal vez hagan falta más blasfemias para estar más cerca de nosotros mismos, de nuestros instintos, en definitiva. Está bien como dibujan al demonio, es la manera más adecuada de dar forma a lo que nos hace infelices, y la manera más estúpida de representar al compañero eterno de los pecadores. Yo tengo una naturaleza pecadora, soy pecador; pero no soy un pecador de la pradera, como el de Chiquito de la calzada, soy un pecador urbano deseoso de ir al campo a sentir la compañía de los árboles y de la tierra mojada.
El antiguo refrán cobra vigencia: “No hay mal que por bien no venga”. Es cierto, como es cierto el espejo que Umbral puso ante nuestras narices con aquella cita que dice (Creo que ya la he escrito en este Blog):
“Toda guerra es una catarsis por cuanto pone al hombre y a los pueblos en situación de purgarse de sus apariencias, de sus ideales históricos y de su presencia fingida ante los demás.”
La crisis es el demonio, un demonio que nos obligará a volver a una realidad casi olvidada. Necesitamos ser más eficaces en el trabajo. Los trabajadores tendrán que cuidarse más de los intereses de los patronos porque de lo contrario éstos desaparecerán, y los primeros seguirán perdiendo sus puestos de trabajo. Y continuando con el mítico Umbral, él dijo que los bancos tienen una conducta reptil. Muy acertado, sí. Los bancos tienen una conducta reptil porque en el ánimo de incrementar agios y réditos, ponen a las personas frente a la decisión de tener una casa mejor y un coche mejor, cosas que no deberían permitirse; pero la conducta reptil de los bancos se lo permite. Todos vamos por delante de nuestras posibilidades, y esto, tarde o temprano, acaba por agotar el aliento y trunca las esperanzas.
Luchemos para ser más serios frente al espejo que muestra nuestra cara, mirémonos a los ojos. Seamos más serios y sinceros también frente a los demás, que no pasa nada.
Forgiven Princess, querida. La novela “Gabriel” ya tiene unas cuatrocientas páginas. Y ahora, cuando la cosa ya casi está hecha, es cuando un escritor tiene que afrontar que tal vez el título inicial del asunto no es el más adecuado. No, no se titulará “Gabriel” esta novela, se titulará: HISTORIA DE UNA BLASFEMIA, porque no es más que eso: una blasfemia. En la contraportada, con gran esfuerzo de imaginación, he creado una sinopsis en la que estoy pensando, pero, en principio, creo que se quedará ahí.
Contraportada
Una actitud puede ser una blasfemia. Esta novela cuenta la historia de la sencillez emocional de un hombre; una ingenuidad que, a fuerza de conjeturas, acaba convirtiéndose en una completa irreverencia, en una blasfemia frente a la tradición del pensamiento humano.
El antiguo refrán cobra vigencia: “No hay mal que por bien no venga”. Es cierto, como es cierto el espejo que Umbral puso ante nuestras narices con aquella cita que dice (Creo que ya la he escrito en este Blog):
“Toda guerra es una catarsis por cuanto pone al hombre y a los pueblos en situación de purgarse de sus apariencias, de sus ideales históricos y de su presencia fingida ante los demás.”
La crisis es el demonio, un demonio que nos obligará a volver a una realidad casi olvidada. Necesitamos ser más eficaces en el trabajo. Los trabajadores tendrán que cuidarse más de los intereses de los patronos porque de lo contrario éstos desaparecerán, y los primeros seguirán perdiendo sus puestos de trabajo. Y continuando con el mítico Umbral, él dijo que los bancos tienen una conducta reptil. Muy acertado, sí. Los bancos tienen una conducta reptil porque en el ánimo de incrementar agios y réditos, ponen a las personas frente a la decisión de tener una casa mejor y un coche mejor, cosas que no deberían permitirse; pero la conducta reptil de los bancos se lo permite. Todos vamos por delante de nuestras posibilidades, y esto, tarde o temprano, acaba por agotar el aliento y trunca las esperanzas.
Luchemos para ser más serios frente al espejo que muestra nuestra cara, mirémonos a los ojos. Seamos más serios y sinceros también frente a los demás, que no pasa nada.
Forgiven Princess, querida. La novela “Gabriel” ya tiene unas cuatrocientas páginas. Y ahora, cuando la cosa ya casi está hecha, es cuando un escritor tiene que afrontar que tal vez el título inicial del asunto no es el más adecuado. No, no se titulará “Gabriel” esta novela, se titulará: HISTORIA DE UNA BLASFEMIA, porque no es más que eso: una blasfemia. En la contraportada, con gran esfuerzo de imaginación, he creado una sinopsis en la que estoy pensando, pero, en principio, creo que se quedará ahí.
Contraportada
Una actitud puede ser una blasfemia. Esta novela cuenta la historia de la sencillez emocional de un hombre; una ingenuidad que, a fuerza de conjeturas, acaba convirtiéndose en una completa irreverencia, en una blasfemia frente a la tradición del pensamiento humano.
domingo 1 de marzo de 2009
EL URUGUAY
Juan Zorrilla de San Martín, poeta uruguayo de padre español y madre uruguya, bautizó el río Uruguay como: RÍO DE LOS PÁJAROS PINTADOS, y así lo hacen saber los guías turísticos cuando llevan a la gente a una ruta que llaman “City Tour”. Uno presta atención cuando escucha cómo se recuperan antiguas perlas poéticas en esos paseos urbanos.
Explican que el nombre de esta ciudad, posiblemente, se deba a una visión desde el mar de aquellos intrépidos españoles que vinieron aquí a perturbar la paz de los aborígenes. Desde el mar se ve un monte que es el que hace seis desde Este a Oeste, por ello, la cosa sería así:
Monte VI D E O. Es la ciudad de Benedetti, un poeta sensible, ahora anciano que apenas sale a la calle. Los libreros lo conocen bien, es Benedetti, un hombre que embellece lo cotidiano y habla dulce con el frustrado afán de que todo sea más lindo. Bastan tus libros, Benedetti, los dejaste ahí para que uno vuelva a leerte, o empiece a leerte; vuelva a estremecerse, o empiece a estremecerse con la ternura y la sensibilidad que algún día nos sonrojó. Y que ya hemos olvidado inmersos en un discurrir cotidiano que aquí, en tu ciudad, aún se puede soportar. Hay quien llama “Gallegos” a los españoles. Da igual, todos somos un poco gallegos. No les parece mal a los de aquí que les digas: “Tú eres”, a pesar del abrumador contraste con el “Vos sos”.
Hay catorce millones de cabezas de ganado y menos de cuatro millones de habitantes. Los campos son verdes, pausados y sin brusquedades orográficas. La lluvia queda recogida en las vaguadas y forma pequeños lagos azulados para que las reses y los pájaros pintados puedan beber. En las urbanizaciones no ponen barreras frente a las casas que obstruyan el paso, amontonan la tierra y ésta queda cubierta inmediatamente de verde, un verde limpio que ofrece hospitalidad. El océano Atlántico tiene dos caras en Punta del Este, una brava y la otra mansa, a elegir. Aquí una persona puede tener una casa en la playa, no hay problema, hay tierra llena de árboles que se vende fraccionada. Árboles que están altivos en la ciudad y la hacen más acogedora, más fresca. La brisa austral de la playa enrojece la piel de un europeo, puede que en la otra parte del mundo el sol sea más condescendiente, no sé. Solamente sé que el paisaje del Uruguay me produce la nostalgia de aquel niño que fui en un entorno tranquilo, ahora desparecido por la bulliciosidad y por el cemento. La carretera que conduce a mi pueblo, Campanet, tenía árboles muy altos en ambos lados, como en el Uruguay. Se podía caminar bajo la bóveda verde que formaban. Cuando yo era niño, algún descerebrado ordenó la tala de estos árboles; posiblemente lo hizo con buena voluntad, a efectos de que los coches, que ya empezaban a verse en las carreteras, en caso de perder el control, no se toparan con aquellos gigantes vegetales. Maldita sea.
En el Uruguay abunda la Chorisia, más conocida aquí por “Palo Borracho”. No muy atinadas esas definiciones para nombrar a un precioso árbol de cuello de botella que se llena de flores —planté uno en mi ex casa de Valencia. Iré a verlo algún día—. Tengo escrito que las flores existen para que la naturaleza nos pueda sonreír. Y aquí, en la joven República Oriental del Uruguay, estos árboles sonríen a la gente, la saludan.
Explican que el nombre de esta ciudad, posiblemente, se deba a una visión desde el mar de aquellos intrépidos españoles que vinieron aquí a perturbar la paz de los aborígenes. Desde el mar se ve un monte que es el que hace seis desde Este a Oeste, por ello, la cosa sería así:
Monte VI D E O. Es la ciudad de Benedetti, un poeta sensible, ahora anciano que apenas sale a la calle. Los libreros lo conocen bien, es Benedetti, un hombre que embellece lo cotidiano y habla dulce con el frustrado afán de que todo sea más lindo. Bastan tus libros, Benedetti, los dejaste ahí para que uno vuelva a leerte, o empiece a leerte; vuelva a estremecerse, o empiece a estremecerse con la ternura y la sensibilidad que algún día nos sonrojó. Y que ya hemos olvidado inmersos en un discurrir cotidiano que aquí, en tu ciudad, aún se puede soportar. Hay quien llama “Gallegos” a los españoles. Da igual, todos somos un poco gallegos. No les parece mal a los de aquí que les digas: “Tú eres”, a pesar del abrumador contraste con el “Vos sos”.
Hay catorce millones de cabezas de ganado y menos de cuatro millones de habitantes. Los campos son verdes, pausados y sin brusquedades orográficas. La lluvia queda recogida en las vaguadas y forma pequeños lagos azulados para que las reses y los pájaros pintados puedan beber. En las urbanizaciones no ponen barreras frente a las casas que obstruyan el paso, amontonan la tierra y ésta queda cubierta inmediatamente de verde, un verde limpio que ofrece hospitalidad. El océano Atlántico tiene dos caras en Punta del Este, una brava y la otra mansa, a elegir. Aquí una persona puede tener una casa en la playa, no hay problema, hay tierra llena de árboles que se vende fraccionada. Árboles que están altivos en la ciudad y la hacen más acogedora, más fresca. La brisa austral de la playa enrojece la piel de un europeo, puede que en la otra parte del mundo el sol sea más condescendiente, no sé. Solamente sé que el paisaje del Uruguay me produce la nostalgia de aquel niño que fui en un entorno tranquilo, ahora desparecido por la bulliciosidad y por el cemento. La carretera que conduce a mi pueblo, Campanet, tenía árboles muy altos en ambos lados, como en el Uruguay. Se podía caminar bajo la bóveda verde que formaban. Cuando yo era niño, algún descerebrado ordenó la tala de estos árboles; posiblemente lo hizo con buena voluntad, a efectos de que los coches, que ya empezaban a verse en las carreteras, en caso de perder el control, no se toparan con aquellos gigantes vegetales. Maldita sea.
En el Uruguay abunda la Chorisia, más conocida aquí por “Palo Borracho”. No muy atinadas esas definiciones para nombrar a un precioso árbol de cuello de botella que se llena de flores —planté uno en mi ex casa de Valencia. Iré a verlo algún día—. Tengo escrito que las flores existen para que la naturaleza nos pueda sonreír. Y aquí, en la joven República Oriental del Uruguay, estos árboles sonríen a la gente, la saludan.
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