viernes, 17 de mayo de 2019

CRESTAS, CATENARIAS Y ELUCUBRACIONES





Iglesia de Manacor

Catenarias


El Blog de José Saramago (Nobel de literatura) sigue activo a pesar de que él ya falleció, y desde ahí, por alusiones, mi artículo ha sido leído y se ha publicado el siguiente comentario en el Blog del Nobel. 

    Blogger mql dijo...



http://pedrotugores.blogspot.com/2019/05/crestas-catenarias-y-elucubraciones.html?m=1

Brillantísima y profunda aportación.
Un gozo su lectura e inevitable reflexión.
Muchas gracias
mayo 30, 2019 6:02 p. m.


 Estas crestas inertes de iglesias y catedrales, igual que las catenarias, no hacen más que interrumpir los horizontes del viajero. Por carreteras secundarias que conducen a Toledo, si no fuera por las catenarias, uno pensaría que está entrando en un mundo mágico de dragones, princesas y castillos. Eso me vino a la cabeza la única vez que viajé en coche por aquellas tierras.

     Quedaron obsoletas las espadañas a sabiendas de que pronto habría presupuesto para alojar las campanas en pináculos más consistentes y protegidos de la lluvia. Siglos atrás, en lugar de campanarios había alminares y en lugar de campanas almuédanos que cumplían exactamente con la misma función. Según se ve actualmente en nuestro pueblo y en los de al lado, existe una situación extrapolable a toda la vieja Europa. Parece que pronto se construirán alminares y volverán a vociferar los almuédanos en nuestros pueblos. 

Lo económico no era problema, la iglesia se quedó con la propiedad de media Europa tras la peste bubónica. Los moribundos debían firmar la transmisión de sus propiedades a favor de la iglesia católica para ir directamente al paraíso eterno de los cielos, y así lo predicaban curas y frailes por las polvorientas calles del viejo continente. Con la inmensa riqueza recaudada la geografía de toda Europa quedó plagada de crestas inmóviles e irracionales sobre las que Ken Follett escribió un best seller tontorrón del que ha vendido toneladas de ejemplares. La construcción de una catedral duraba más de cien años, así que había empleo para varias generaciones. Me he fijado en Es Convent de Manacor, un edificio de belleza y lujo impresionantes. He leído ahí que se inició su construcción a mediados del siglo XVI y se terminó unos cien años después para uso y disfrute de los frailes del lugar mientras los obreros que construyeron el edificio vivían en casas cuyos tejados podían salir volando con una tormenta de septiembre, unas míseras viviendas por cuyos suelos discurrían pequeños riachuelos tras las lluvias. El patio de Es Convent tiene naranjos en el centro desde donde se ve que está anexo a una iglesia; una más de tantas, pero esta muestra grandes contrafuertes desafiando vientos y lluvias. El perímetro del patio interior es un cuadrado de soportales cuyas bóvedas y torneadas columnas muestran que su construcción no tenía limitaciones presupuestarias. Y así Es Convent podría ser como un lujoso ábside lateral que actualmente sirve para dependencias municipales. Todos los pueblos tienen una cresta en la plaza que se eleva muy por encima de las casas, en el lugar más céntrico. En su fachada principal siempre hay un gigantesco rosetón que observa, como un ojo de cíclope amenazante, la conducta de los habitantes temerosos de dios. No sé quién dijo: No engrandecerás a tu pueblo elevando los tejados de sus casas sino elevando las almas de sus habitantes. Si quien dijo esto era religioso imagino que se refería a que crece el alma incrementando el amor a dios, pero si era laico seguramente se refería a que los seres humanos debíamos acrecentar nuestra empatía. Lo digo porque yo no sé lo que es el alma, tal vez esos veinte gramos que salen volando del cuerpo en el momento exacto del óbito. O es tal vez una mariposa colorida e inmaterial que ven los poetas revoloteando alrededor de algunas personas, o una flor que ven los enamorados en la oreja de su amada. No voy a hablar más de pueblos porque pienso en cómo los veía José Saramago de noche, desde el cielo, con su máquina voladora medieval: los pueblos eran estrellas que se habían caído al suelo. Desde que leí eso, viajando de noche en avión he mirado los pueblos de Mallorca desde el cielo y sí, efectivamente, parecen estrellas que se hubieran caído y que están ahí con todo su brillo nocturno. Pero yo no tengo la visión poética de las cosas que tuvo José Saramago cuyas letras me empequeñecen tanto que, aunque se me puede calificar de escritor porque existe un ISBN del que soy autor, me siento como un aficionado que todavía no ha aprendido a escribir. Eso de la máquina voladora de Saramago ocurría en la misma novela en la que una mujer llamada Sietelunas buscó a su amado, un hombre manco llamado Sietesoles, durante nueve años caminando de Norte a Sur y de Este a Oeste por todo el país pasando hambre y todo tipo de penurias, hasta que al fin lo encontró y no supo qué decirle. Esta fue la novela (Memorial del convento) que leyó la periodista española Pilar del Río y que la convirtió en Sietelunas porque se fue a Portugal a buscar a José Saramago y acabó casándose con él.


     Si a principios del siglo pasado el poder hubiera creído y apoyado a Nicola Tesla no existirían las catenarias. Según parece, Tesla demostró que la electricidad se podía distribuir igual como las ondas de radio y televisión (ya lo dije en el artículo que titulé: Autodidactas). Pero eso habría estropeado muchos negocios, así que nada, ahí están estas torres monstruosas que estropean los paisajes y además hacen ruido. Menos mal que los cables sirven para el descanso de los pájaros que al tocar con sus patas un solo cable no les pasa nada. Si pudieran tocar dos cables a la vez quedarían convertidos en un amasijo chamuscado de carne y plumas. En la finca que heredé de mis padres hay una catenaria a la que odio sobremanera, traza una línea oblicua sobre estas viejas y mal cuidadas tierras y no sé dónde demonios lleva la electricidad, pero lo que sí sé es que cada cierto tiempo vienen operarios de la compañía eléctrica a decir que tienen que recortar algunos de mis árboles para que no perjudiquen los cables. Tenemos que acceder, no queda más remedio que acceder. No tengo pruebas de que esa catenaria envenene el aire pero sí tengo pruebas de lo que me irrita su presencia, no tan ponzoñosa como la presencia de los políticos en los informativos de televisión cuando están en campaña electoral, como ahora, esta tarde del miércoles, veintidós de mayo de dos mil diecinueve que dedico a escribir este artículo. Ellos pululan vociferando diatribas que envenenan el aire que respiramos. Generan antagonismos entre la gente de bien que, de manera inconsciente, toma posturas vicescerales contra uno u otro bando según le parezca o según haya heredado la creencia de su entorno. La gente no debería ir a escuchar los discursos demagógicos de los políticos, les resultaría más sano quedarse en casa leyendo un best seller aunque fuera tontorrón como la mayoría de ellos: Los pilares de la tierra, El Código Da Vinci, etc. A mí me cae bien la gente de las izquierdas y la de derechas, tengo amigos en ambos lados, y desearía que tuvieran un poco más de empatía entre ellos y que colaboraran todos aportado cosas en lugar de echarse en cara los errores o lo que califican de errores porque les conviene en sus discursos. Entiendo, en definitiva, que deberíamos relajarnos más y aprender a apreciar también a los que piensan distinto, son personas igual que nosotros mismos.