miércoles, 30 de diciembre de 2020

JUEVES







Por fin ya vemos algo de luz, mañana será viernes y en lugar de ir de cena y de copas nos tendremos que quedar en casa por el maldito virus. Pero sí, es cierto, mañana será viernes. El mejor día de la semana porque por la tarde ya no trabajamos y tenemos dos días de vacaciones por delante. Pero da igual, no nos hagamos ilusiones, hoy solamente es jueves.

Un buen día para preguntarse qué culpa tiene la Biblia de la desdicha humana. Si empezamos por el Génesis, el inicio de todo, primer libro de la Torá o Pentateuco y, por tanto, también es el primer libro del Tanaj judío y del Antiguo Testamento de la Biblia cristiana. Si buscamos un poco el origen de los orígenes nos encontraremos con los cuentos de las abuelas. El Génesis procede de una tradición oral del segundo milenio a de c. La gente no sabía escribir y se inventaba historias cuánto más truculentas más interesantes. Si las religiones, siempre interesadas en dominar a las masas, hubieran asumido los escritos bíblicos igual como los escritos mitológicos, tal vez estos cuatro últimos milenios los humanos habrían vivido con menos guerras, menos hambrunas y menos desdichas. Y la ciencia habría podido nacer muchos siglos antes. Se podrían haber evitado estas espadas atravesando los estómagos del enemigo, se podrían haber evitado muchas muertes por inanición de niños con padres asesinados. Qué diferencia hay entre los doce dioses del monte Olimpo y el dios de la iglesia católica: ninguna, ningún dios existe. Los dioses sólo intervenían cuando las cámaras fotográficas y las grabadoras no se habían inventado. Y así cualquiera podía atribuir actos y palabras a los dioses. Por eso me resulta increíble que la ingenuidad de la gente se pueda contar por miles de millones.  Qué vacío tiene la gente para tener fe en estas patrañas, no lo entiendo. Lo que sí entiendo es que sólo se puede avanzar en el pensamiento cuestionando lo establecido, si aceptamos lo que nos dicen continuamos dentro de los pensamientos tradicionales. Si alguien no se hubiera preguntado por qué no podemos construir un avión y volar, nunca se habrían fabricado aviones. Y entonces por qué no se pregunta la gente el motivo por el cual siguen en vigor unas creencias caducadas, unas fábulas de la antigüedad que hoy en día resultan mustias incluso como cuentos para los niños. Es patético escuchar a un cura diciendo misa, si escucháramos con atención nos parecería que nos están tomando por imbéciles, pero no, da igual lo que diga el cura, no nos lo vamos a cuestionar, es la palabra del Señor. y así, escuchando la palabra del Señor, un cura, en un funeral al que asistí, canturreando con esa voz afeminada de algunos dijo: nadie tiene derecho a vivir si no es en el camino del Señor. Tuve que contener las ganas de gritar en la iglesia y decirle a este depravado sacerdote a ver si nos estaba amenazando de muerte como hacían antes. Estas palabras del sacerdote nunca se me olvidarán, lo escuché tal cual lo digo, no me lo podía creer.  

La herencia de lo que sabemos de la antigüedad también está adulterada y por eso deberíamos cuestionarla. La quema de la biblioteca de Alejandría sesgó la posibilidad de conocer cosas que nunca sabremos, cosas que podrían haber cambiado los textos de la historia de la humanidad y probablemente habrían abolido el inicio de las religiones o las habrían matado antes de que nacieran. Y después están los apócrifos. Con este asunto ocurría que por la noche se dejaban los libros en largas mesas y en posición vertical, luego por la mañana todos los libros que aparecían tumbados eran los apócrifos, los había tumbado dios sigilosamente, por eso estos libros debían ser condenados y apartados de la Biblia.  Sólo trascienden las amenazas divinas contra los débiles humanos, no sólo son amenazas de muerte. Hay mucha más crueldad en la Biblia, dios no nos matará sino que nos mantendrá vivos para que podamos sentir el fuego en nuestra carne eternamente, ni siquiera tendremos la posibilidad de suicidarnos, no, el sufrimiento y la tortura serán eternos. Lo demostró la santa inquisición como preparativo para la eternidad de los apóstatas, los quemaba vivos en la hoguera y su muerte no era tal, se trataba de un preparativo para entrar otro fuego consciente y eterno. No quisiera que mis artículos se convirtieran en una tautología  contra las religiones, pero uno recuerda cómo nos gritaban los curas amenazando con el fuego eterno en nuestras entrañas, éramos niños y nos hablaban así los curas. Tal vez estas amenazas se queden alojadas en la memoria y no sea tan sencillo olvidarlas. Cuando iba a cumplir veinte años ya comencé a cuestionar lo que me habían enseñado y a perder el miedo a dios porque un día en la iglesia de Campanet, de rodillas, supliqué a dios que me demostrara que existe, yo le decía: mueve algo, haz un guiño con una nube, algo que me demuestre que yo pueda seguir creyendo en ti. Nada, nada de nada. Pensé en lo insignificante de mi persona ante dios, pero luego decidí que si me iba a juzgar al morir para decidir mi destino sí era yo importante y debía escucharme. Nadie me escuchó y dejé de pensar en todo ese engaño durante muchos años. Luego, pasado el tiempo, vuelve a mis pensamientos aquella patética educación, aquellas amenazas, aquellos gritos, y encima el cara al sol de la dictadura. Con este panorama me sorprende que no hayamos crecido con serias anomalías mentales. Menos mal que nuestros hijos ya no han sido víctimas del fanatismo eclesiástico/militar. 

El anagrama-logotipo de la iglesia católica es un crucifijo, lo exhibían los asesinos de la santa inquisición y sigue ahí, en iglesias, cementerios y como estandartes de los confalonieros de Semana Santa, sigue la cruz enhiesta exigiendo genuflexiones a quienes piden gracias que no se les concederán. No tuvo tanto éxito el anagrama-logotipo del nacionalsocialismo de Hitler, el esplendor de su esvástica murió con él. 

Hoy, jueves, yo le digo al papa Francisco y a todos sus acólitos que ya deberían dejar de actuar como si fuera cierto lo que representan, todos, incluso ellos mismos, saben muy bien que dios no existe; pero esa farsa les mantiene con una vida de gran lujo en sus palacios, así que ¿por qué van a reconocer que lo suyo es una farsa? No lo van a hacer nunca. Ni siquiera cuando ya nadie vaya a sus misas ni les entreguen sus propiedades los que van a morir sin herederos, ni siquiera entonces van a cerrar su negocio porque son muy ricos, podrían erradicar toda la pobreza del mundo con su dinero. Así que por eso insisto: papa Francisco y acólitos: déjense de tanta hipocresía y vendan sus palacios y repartan su inmensa riqueza entre aquellos que ven a sus hijos crecer en el hambre. 

 

 

 

 



sábado, 19 de diciembre de 2020

MIÉRCOLES

 




Diógenes de Sinope

El miércoles es un día tonto porque ya llevamos dos días trabajando y todavía nos quedan dos más, pero en el horizonte está muy cerca mañana, jueves, que ya es víspera de viernes. Hoy, miércoles, he establecido una similitud que podría causar desagrado: en el gimnasio se ven unos hombres que se parecen mucho a los cangrejos cuando hacen ejercicios en el suelo, me refiero a los congrejos tipo bueny de mar. Los brazos musculosos se llegan a poner tan gruesos que ni siquiera los pueden acercar a su tronco, parece como si fueran alas desplumadas con ánimo emprender el vuelo. Nada que decir, cada uno con sus obsesiones, pero además del gimnasio la gente debería ir más a las librerías. Ya habré dicho alguna vez que Maugham dijo que adquirir el hábito de la lectura protege de casi todas las miserias de la vida. Y así, por el ánimo de leer y de escribir, continuaremos haciéndolo sobre la conducta humana.

Este miércoles me pregunto por qué a la enfermedad de acumular basura se le llama el Síndrome de Diógenes. En el año 1975 se le ocurrió al alguien dar este nombre a esta enfermedad. Diógenes fue un filósofo vagabundo que no quería pertenencias de ningún tipo, así que lo de acumular, sea basura u otras cosas no iba con la manera de ser de este filósofo. El ascetismo de Diógenes, como cualquier otro, significa estar centrado en busca de la perfección espiritual renunciando a lo mundano y como la basura podríamos decir que es algo mundano, eso no iba con Diógenes. Supongo que quien bautizó esta enfermedad con el nombre del filósofo lo hizo pensando que Diógenes era un vagabundo y que lo de acumular basura y trastos es cosa de vagabundos, pues no es así. Se conocen casos de personas con carreras brillantes que sufren este trastorno. Así que muy mal por quien puso este nombre a este síndrome, y muy mal, principalmente por los periodistas, que han divulgado este nombre sin preguntarse si su origen era o no correcto. Los periodistas siempre andan estresados buscando la atención del público sin entrar demasiado en la precisión de lo que dicen. Como ya he escrito otras veces, este miércoles quiero hacer una reflexión sobre los postulados de Diógenes porque en la actualidad tienen una vigencia indiscutible. El nivel de problemas de convivencia en la sociedad crece exponencialmente a medida que una ciudad o un pueblo crece. Diógenes decía que cuánto más gente se agrupa en pueblos y aldeas, más problemas nacen entre las personas. Es cierto. Tengo más o menos calibrado que en un edificio de viviendas hay un veinte por ciento de familias problemáticas, a veces muy problemáticas. Y si multiplicamos este edificio por miles de edificios, luego el problema crece miles de veces. Yo he sido un urbanita durante más de treinta y cinco años y ahora, más que nunca, pienso que vivir en un pueblo es un privilegio porque no hay líos, la gente es entrañable y saluda a los demás por la calle. Las escasísimas excepciones no tienen importancia porque siempre, en todas partes, incluso en este remanso de paz que son los pueblos, tiene que haber algunas y algunos que por su situación, normalmente económica y académica, se creen superiores a los demás y muestran una arrogancia extremadamente estúpida, ahora sin alamares ni caireles ni postizos cenicientos en la cabeza y sin los modales adamados del siglo XVIII pero igual de patéticos. Y en ese contexto procede preguntarse cuál es el efecto y cuál es la causa. Según tengo entendido a las personas estúpidas que se creen superiores y por eso no saludan al vulgo (es decir: que no saludan a la gente como yo, que formo parte de una ciudadanía que no destaca sobre los demás por ningún rasgo ni positivo ni negativo) les crece una especie de moho amarillento en los pliegues de su masa cerebral. Entonces cabría saber si por ser estúpidos les ocurre esto en el cerebro o es al revés: son estúpidos porque les crece esa especie de moho amarillento en los pliegues de la masa cerebral, en este caso estas personas no serían culpables de nada y habría que tener paciencia con ellas. Pero el asunto es más complicado cuando estas personas patéticas que no saludan a los demás por su arrogancia se dedican a la docencia porque los alumnos pueden hacerse una idea estúpida de la vida desde muy jóvenes, por eso procedería que la gente que se dedica a la docencia pasara antes por unos filtros de coherencia. También deberían existir unos filtros para detectar pedófilos entre la docencia; yo sé, por experiencia propia cuando yo tenía doce años, en el colegio de Campanet, que los ha habido y por noticias en prensa sé que de vez en cuando pillan a alguno de estos depravados. En estos casos de pedófilos el moho amarillento existente en los pliegues de su masa cerebral contiene diversos tipos de larva.

Bueno, este miércoles ya voy a dejar en paz a los estúpidos porque posiblemente ellos no sean culpables de su estupidez, existe la presunción de inocencia y hay que practicarla, así que no acuso a nadie y mejor me callo. Sólo cabría añadir que tal vez el estúpido sea yo y no me he enterado, igual que los estúpidos tampoco se enteran de que lo son.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

MARTES



Immanuel Kant

Las cosas de ayer ya quedaron atrás. Uno empieza el día como si nada hubiera pasado, como si no hubiera existido el lunes. Nada que destacar, sólo que el loco de Trump no quiere admitir su derrota y si continúa así lo tendrán que echar a patadas de aquel edificio. Desde nuestra vieja Europa cuesta un poco entender aquel país de locos. EEUU es igual de salvaje que antes, cuando nos lo mostraban en las películas Del Oeste con la música de Ennio Morricone y Clint Eastwood matando a los malos. Allí si no tienes dinero te mueres, sólo tienen acceso a la sanidad los ricos porque los de clase media tienen un seguro médico que sólo cubre la gripe y supongo que alguna magulladura u ojo morado. Uno puede tener una pistola, incluso una ametralladora para defender su casa o para volverse loco y pegar tiros por la calle o en un colegio: una pena de país, aunque sepan hacer buen cine. Para sus guiones no necesitan imaginación les basta con ver los informativos de televisión.

El martes ya deberíamos ser más razonables y entender que no hay nada que hacer de hoy para mañana, que todavía tenemos ahí pegado el maldito virus, aunque suponemos que nos vacunarán antes de semana santa y después vendrá la música, el confeti y el cava. Mientras, las dos partes de siempre, las dos partes sobre las que ya escribí un artículo se encrespan en todas partes y el eclecticismo no aparece. La postura ecléctica la tendrán que imponer los ordenadores, la IA (inteligencia artificial) porque la inteligencia humana de cada día es más débil en lo humanístico y lo empático y más robusta y eficiente en lo científico. Acercarse un poco a la ciencia da miedo porque en un futuro no muy lejano la ciencia puede perturbar los pensamientos de las personas. Puede ocurrir que para que una persona sea médico baste con que le injerten el chip de médico en el cerebro y listo, no hará falta ir a la universidad. Todo se robotizará y el libre albedrío se irá evacuando lentamente por los desagües del poder. El pasado es truculento, irracional y sanguinario y el futuro posiblemente sea peor. Lo del libre albedrío es un asunto que ha vertido toneladas de tinta, Spinoza, Schopenhauer y otros filósofos decían que eso no existe. Así que en lugar de libre albedrío habría que hablar de la parte de libertad de pensamiento y de actuaciones que tenemos o que creemos tener o que se nos permite tener. En este aspecto la historia del pensamiento describe tal volumen de letras que rizan demasiado el rizo llevando las ecuaciones del pensamiento al caos.

Las dos partes antagónicas no se aproximan una a la otra y yo creo que ya deberíamos haber superado las diferencias aprendiendo de lo que la Historia enseña. Hay que tener en cuenta que el pensamiento humano estaba enfrentado en dos partes: existía una disputa entre los racionalistas (La Razón) y los empiristas (La Experiencia), es decir entre los filósofos que predicaban que el conocimiento se obtenía a través de la razón y los que decían que sólo se avanzaba en el conocimiento a través de la experiencia. Fue Immanuel Kant, un hombre bajito y jorobado, quien puso orden a este desaguisado en el siglo XVIII: la razón y la experiencia no van por separado, no son asuntos antagónicos, tienen que estar unidos, así que no hay dos partes. Kant inició unos pensamientos a partir de preguntarse ¿qué puedo saber? Y respondió a esta pregunta con ochocientas páginas metidas en un libro que hoy en día está considerado unánimemente como una de las obras más importantes de la historia de la filosofía: Crítica de la razón pura. Y entonces aparece la iglesia católica dictaminando que este libro debe formar parte de su listado de libros prohibidos. Dejaremos en paz a la iglesia católica porque su vergonzosa y ancestral conducta aquí, hoy martes, no viene al caso. Lo que sí procede es decir que no deberían existir dos partes sino una sola, una sola que no hemos aprendido: es necesario que la razón y la experiencia se unan para avanzar, igual que sería necesario que la Derecha y la Izquierda se unieran para poder avanzar mejor, que dios y el demonio tomaran asiento uno frente al otro para negociar la paz sin pistolas bajo la mesa y se pusieran de acuerdo para no hacer daño a los que no queremos saber nada de líos ni controversias. Kant habló de la paz eterna, pero ahí no acertó, no existe la sabiduría necesaria para ello. El ser humano no llega a tanto. Después de Kant vinieron las guerras más sanguinarias de la historia de la humanidad. Así que el martes uno debería intentar que las cosas se reconciliaran consigo mismas y que no se encresparan los distintos puntos de vista sobre las cosas porque no sirve de nada, a lo sumo pueden ser útiles para escapar del tedio a que nos somete lo cotidiano. 



viernes, 23 de octubre de 2020

LUNES

 

Jean Paul Sartre y Albert Camús

Parece como si los lunes le pegaran una fina lámina untuosa a nuestra piel y que los átomos que forman nuestra anatomía se volviesen perezosos, aunque a media mañana el cuerpo ya se está dando cuenta de que no le queda más remedio que continuar en el cumplimiento de sus obligaciones, y, salvo que los excesos del asueto hayan sobrepasado las costumbres, todo se normaliza; pero lo hace con la añoranza y la resignación de ver muy lejano el próximo viernes. Con la cabeza medio adormecida vemos las noticias que ya sabemos y continuamos asumiendo lo mal que van las cosas para la gente normal y lo bien que le van las cosas a los que nos gobiernan: ellos tienen muy buenos sueldos y una abultada pensión aunque no hayan cotizado los años que obligan a cotizar a los humildes que constituimos el pueblo. Continuamos resignándonos porque es lunes y porque sabemos que el bienestar está más lejos que el próximo viernes. Cualquier lunes conduce mis pensamientos al existencialismo de Jean Paul Sartre o al de Camús. El lunes es propicio para caer en los pensamientos vacíos y sin sentido, en estos pensamientos que buscan respuestas al sentido de existir y no encuentran nada, sólo los que se refugian en las creencias de los predicadores pueden encontrar un sentido a la existencia: creer en dios está bien si resulta útil para que lo cotidiano no aplaste nuestro estado de ánimo. Puede ser más ventajoso refugiarse en la falsedad de la existencia de dios o de dioses que dejarse degollar por la tristeza de una existencia vacía. La extendida creencia de que la vida tiene sentido para servir a dios porque él nos acogerá en el reino de los cielos es la patraña que enfrenta la ingenuidad de la gente al existencialismo de Sartre. El existencialismo también se enfrenta a esos textos que prometen ayudarnos a ser felices, son patrañas. Nunca seremos felices porque la felicidad no existe, sólo hay una alternancia entre la felicidad, la desdicha, la resignación… y la locura que nos puede librar del estado consciente y lúcido de la tristeza. No hay fin, el vacío existencial es eterno, sólo la muerte nos librará de la miseria de vivir, por este motivo, Sartre, apesadumbrado, escribe: He atrapado una mosca y he aplastado su estómago, se han desparramado sus diminutas vísceras: la he liberado de su existencia. Más tarde dice: la luz punzante de mi automovil penetra como una espada en la tenebrosa noche, o algo así, no lo recuerdo con exactitud.

Jean Paul Sartre, un intelectual francés que fumaba en pipa. Tuvo siempre de compañera a la feminista, intelectual y escritora Simone de Beauvoir. Yo me fije en Sartre por su obra "La Náusea", un libro que se modificó en diversas ocasiones. La versión conocida es la de 1938 un año en el que los gobernantes de Alemania, Italia y Japón tenían una conducta nauseabunda y asesina. Esos tres gobernantes hicieron que el mundo reventara en sangre por todas partes. Y España no se quedó atrás, también tuvimos uno de estos gobernantes que se creen enviados de dios para que todos obedezcan sus designios: dictadura degenerada. Luego, en aquellos años bélicos, sí podría ser que la existencia diera asco por razones sobradamente conocidas. Según parece Kierkegaard y Nietzsche sentaron las bases del existencialismo aunque también se puede tener en cuenta a Dostoievski porque lo que escribió no es para entrar en existencias más o menos acomodadas, es puro sufrimiento, desesperación. Yo pienso que éstos fueron los primeros maestros de Sartre aunque se dice que se inspiró, más que con cualquier otro filósofo, en Kafka, ahí donde el existencialismo es más crudo porque no se trata de un tedio sin esperanza sino de angustia pungitiva y larguísima que nunca acaba y si lo hace entonces es peor porque el protagonista de El Proceso acaba asesinado a navajazos. Que me disculpen los que no han leído El Proceso de Kafka por descubrirles el final, pero es que este libro está lleno de finales que no terminan nunca, incluso pasados los años los recuerdos son recurrentes, aparecen en los pensamientos de quienes fuimos capaces de leer este inquietante libro.

Conocí la obra de Albert Camús por "La Peste". Él, de origen menorquín, vivió en Argelia y en París. Siempre vestido de cuello subido y cigarrillo permanente, practicaba un existencialismo agnóstico y decía que la existencia o no de dios no afectaba al hombre. Podría tener razón dentro de sus elucubraciones, pero no si se refería al pensamiento del ser humano porque no es lo mismo vivir profesando fe a dios que vivir en el agnosticismo, pero Camús lo veía así, sería tal vez porque estas cosas tienen tantos matices que todo es discutible, todo puede ser verdad o mentira en función de con quien se baile. 

Y para acompañar también algo musical a este fatídico día: lunes, propondría la afirmación de un genial poeta y cantautor ya fallecido, Aute:

Yo pertenezco a los frutos de un árbol expuesto a secarse.

 

 

 

 

martes, 22 de septiembre de 2020

DOS ALBAÑILES EN EL BAR MONTERO

 




A eso de las nueve y media de la mañana, momento en el que uno está todavía en esa fase de acoplamiento al nuevo día y siente ya el suave martilleo automático que hace imposible pasar por alto la inexorable necesidad del bocadillo, el protagonista de esta crónica va caminando hasta el bar de Montero. No hace otra cosa que repetir lo de todos los días, siempre lo mismo, incluso el bocadillo, siempre medio de jamón serrano con tomate. Pero dentro de esa monotonía ocurre que un día escucha una conversación en la barra del bar que es una verdadera perla de café. Sin mirar a quien habla, escucha:

—¿Sabes que los albañiles somos seres verdaderamente deseados?

—No sé ¿por qué lo dices?

—Pues mira, a nosotros se nos desea con verdadera angustia cuando hay una necesidad apremiante: levantar baldosas por culpa de una fuga de agua, reparar una bajante que echa las fecales al vecino de abajo, etc.

—Tienes razón —respondió con cierto asombro el compañero.

—Y luego ¿qué pasa cuando empezamos a trabajar? Pues que sigue existiendo un fuerte deseo sobre nuestras personas, pero en sentido inverso. Desean ansiosamente que nos vayamos. ¿Cómo lo ves?

—Que sigues teniendo razón —asintió de nuevo el otro albañil.

El bar de Montero no daba tanto como para compararlo con el bar de La Colmena, de Cela. Ya no hay cerilleros en los bares y ni siquiera se puede fumar. Montero es un ex boxeador y en su bar están las fotos de sus hazañas, es correctísimo y disciplinado, siempre hablándome de usted. En el bar de Montero sí puede haber algo en común con la novela de Camilo José Cela, en esa novela el Nobel de literatura escribió: “Los clientes de los cafés son gente que cree que las cosas pasan porque sí, que no merece la pena poner remedio a nada”. Yo creo que es cierto, pero sin matizar demasiado y sin hacer ansiosos esfuerzos de imaginación filosófica porque luego encontraríamos que, sin quitar la razón al contexto de Cela, hay cosas que pasan porque sí y otras que no.

Tras llevar más de diez años comiendo el mismo medio bocadillo de jamón serrano con tomate le pregunté:

—Montero, ¿cuál es tu nombre?

—Montero —respondió con su acostumbrada seriedad y corrección.

Quedé un poco asombrado tras su respuesta y enseguida pensé que tendría uno de estos nombres fruto de decisiones que dejan a los niños a merced de las burlas de sus compañeros de colegio, como por ejemplo: Luzdivino, Tesifonte, Uldarico, Crescencio o Benemérito; pero no, otro día me enteré de que se llama Juan Montero, lo dijo uno de estos personajes que se pasan horas intentando sacar premio de las maquinitas de echar monedas. Hay gente que profesa verdadera devoción al ruidito de estas máquinas. Todas las máquinas de todos los bares tienen a sus adictos ahí pegados y a otros que esperan con disimulo —como quien espera para hacer una gestión importante— a que acabe el que está jugándose las monedas. Luego están los que de buena mañana ya necesitan la dosis de absenta y las amas de casa ociosas que beben cerveza, fuman y critican a la vecina de abajo porque se pasa el día viendo telebasura o a la de enfrente porque se pone los labios muy rojos y la ropa ajustada.

Sí, Cela. Los clientes de los cafés son gente que cree que las cosas pasan porque sí, que no merece la pena poner remedio a nada. 

 

 

 

 

 

jueves, 20 de agosto de 2020

DECÁLOGO PARA MEDITAR






Hace muchos años leí algo parecido en la revista Reader´s Digest. Y ahora yo escribo un decálogo para meditar con la intención de que estas letras, que ya tienen una vida más larga de que la mía, se adormezcan en este mundo cibernético. Ahora no se gastan como en el papel y todo lo que se escribe queda para siempre. Ahora ya no ocurrirá como con los manuscritos de Mar Muerto, la vejez no quitará lustre a lo escrito, serán los mismos escritos los que se convertirán en sabiduría, sensibilidad y poesía o en basura espacial. Para escribir diez cosas que sirvan para meditar a quien las lea está claro que prefiero elegir postulados de sabios que han dicho cosas que en algún momento de nuestras vidas nos afectan o nos afectarán poderosamente.

Primero:
Si no encuentras descanso en ti mismo es inútil que lo busques en otra parte. (F. de la Rochefoucauld)

Segundo:
El que cree que en el mundo los diablos nunca andan sin cuernos y los locos sin cascabeles será siempre víctima o juguete de ellos. (A. Schopenhauer)

Tercero:
Los años enseñan muchas cosas que los días desconocen, (Ralph Emerson)

Cuarto:
Si confías demasiado puedes caer en la ingenuidad y si desconfías demasiado puedes caer en la tiranía. (Nicolás Makiavelo)

Quinto:
Adáptate tú al mundo porque tu cabeza es demasiado pequeña para que el mundo entero se adapte a ella. (George Lichtenberg)

Sexto:
Nunca es tan rígido el dolor que el tiempo no lo temple e incluso lo anule. (Annibale Caro)

Séptimo:
A quien dices tu secreto das tu libertad. (Fernando de Rojas)

Octavo:
Cada vez que te encuentres del lado de la mayoría es tiempo de hacer una pausa y reflexionar. (Mark Twain)

 Noveno:
Si por la noche piensas en todo lo que has hablado durante el día puedes encontrarte cosas muy curiosas, principalmente si meditas sobre lo que dirían todos si supieron lo que has hablado con todos. (Anónimo)

Décimo:
Cuidado con la hoguera que enciendes contra tu enemigo no sea que te chamusques a ti mismo. (William Shakespeare)

miércoles, 18 de marzo de 2020

CORONAVIRUS


Plaguedoctor

El otro día un gracioso de televisión dijo que la peste bubónica mató a mucha gente, y que muchos murieron también por el susto que se llevaban ante la presencia de estos médicos picudos, a los que se conocía como Plaguedoctors.

Confío en que lo de ahora no sea tan grave. Puede que resulte una bofetada contra nuestro conformismo y contra nuestra pereza y nos despierte en una conciencia más responsable. He escuchado al JEMAD (Es el general jefe del estado mayor de la defensa) diciendo que ahora nuestra situación es como si fuera un estado de guerra y que todos los días son lunes. Así me he acordado de una cita del difunto Francisco Umbral:

Toda guerra es una catarsis por cuanto pone al hombre y a los pueblos en situación de purgarse de sus apariencias, de sus ideales históricos y de su presencia fingida ante los demás.

De los que vivimos ahora pocas personas conocieron  tiempos de guerra, así que no sabemos nada de guerras ni de sus consecuencias y nos encontramos en una situación que no nos acabamos de creer. Nunca estuvimos confinados en nuestras casas para protegernos de un enemigo que no podemos ver y que nos está matando. Si el enemigo fuera como en la película "Los Pájaros" de Alfred Hitchcock por lo menos veríamos a los bichos asesinos y nos podríamos proteger de ellos escondiéndonos, con escopetas o con viandas envenenadas, pero este enemigo de ahora es un demonio que se mete en nuestro cuerpo sin que podamos verlo, sin que podamos envenenarlo ni pisotearlo.

Al papa Francisco, como delegado de dios en la tierra, se le podrían pedir explicaciones: Oiga ¿qué le hemos hecho a su jefe para que nos castigue con esta plaga? Si dios no fuera tan perverso haría caso a los millones de personas que ingenuamente le suplican que detenga este desastre. Si dios no fuera una fábula inventada por los hombres para dominar a otros hombres, si existiera realmente, no creo que fuera capaz de desplegar tanta iniquidad. Nuestra existencia es casual, nadie nos creó, y no somos producto del incesto bíblico.

Si la ciencia no hubiera evolucionado nuestra situación sería igual o peor que la del siglo XIV, pero ahora estamos convencidos de que esto no durará mucho, pocos creen que lleguemos al verano sin una solución, aunque muchos lo tememos. En los años noventa un amigo me decía que si saliera un virus que se pudiera transmitir por el aire que respiramos acabaría con toda la población de la tierra y que esto era posible. Da miedo que el bicho se quede en las superficies vivo esperando a su víctima. Bueno, un científico decía que el virus no está vivo ni muerto, pero que si acaba tocando nuestra piel comienza a dar órdenes a las células para que lo reproduzcan exponencialmente, es terrorífico que esto sea así, tanto como que pienso que todos los habitantes de nuestro planeta acabaremos infectados. Y que si los científicos no aportan una rápida solución esto se complicará mucho. Y qué pasará con nosotros estando confinados, pues yo creo, como decía antes, que puede resultar útil para encontrarnos con nosotros mismos y como decía Umbral: purgarnos de nuestras apariencias y de nuestra presencia fingida ante los demás. Sería deseable que esta crisis que nos obliga a estar encerrados en casa no provoque los divorcios que provocan las vacaciones de verano, cuando las parejas se tienen que aguantar todo el día. Esto no resulta fácil. Y ahora qué, todo el día metidos en casa y sin poder salir, qué pasará con nuestra manera de ser, con nuestras costumbres, con nuestros vicios... no pasará nada, nos adaptaremos porque hay un motivo de fuerza mayor. Tal vez se produzca un reencuentro con nuestras parejas, un incremento de empatía en nuestra familia y con los demás; pero no lo sabemos.

 Lunes, 23 de marzo. Me llama mi amigo Pep Lluis y acordamos que cuando se acabe esta crisis iremos a cenar con nuestras esposas y beberemos mucho vino y que después haremos una noche de absenta hasta que nos echen de los bares del pueblo. 

Martes, 24 de marzo. He leído que con esta crisis del virus se ha puesto de moda la novela Ensayo sobre la ceguera de José Saramago y que esta novela vaticinó lo que está ocurriendo. No es cierto, la novela no vaticina nada, es una moraleja curiosa que podría derivar de una cita de Isaac Asimov: Si cada año estuviéramos ciegos por un día gozaríamos de los restantes trescientos sesenta y cuatro. Ensayo sobre la ceguera es una novela inquietante. Nunca había puesto yo el despertador a las cuatro de la mañana para continuar la lectura de la noche anterior, sólo lo hice con esta perturbadora novela. Todas las personas se quedan ciegas, lo ven todo blanco y a partir de esta situación se desarrolla el brutal argumento.

Miércoles, 25 de marzo. En estos días de estar encerrado en casa este artículo se está convirtiendo en una especie de diario en el que escribir las cosas de cada día. Veo en televisión al doctor Fernando Simón con cara de virus y voz de gato acatarrado dando las novedades de la evolución del problema. El ministro de sanidad cuando habla da la impresión de ser un alumno al que han regañado y da tímidamente sus explicaciones. El presidente  Sánchez se enrolla como una persiana repitiendo constantemente lo mismo, le sale bien, ganará votos porque es un buen comunicador. La expresión de su cara muestra una afectación en consonancia con el estado de las cosas, pero habla demasiado. Estamos a punto de llegar al pico, al punto más alto de la fatídica curva del diagrama, pero todavía no hemos llegado. Se dicen muchas tonterías estos días, la última que he escuchado es la de generar paralelismos con la selección natural de Darwin, o sea que es la misma naturaleza la que está matando a los más débiles: ancianos y enfermos. Aquí no hay filosofía que valga: es un virus asqueroso que nos está matando. Y punto.

Jueves, 26 de marzo. Hoy quiero romper la rutina escuchando a Pink Floyd, una de las bandas más influyentes del siglo XX, será por su Another Brick in the wall, una feroz denuncia contra la educación que tuvimos que soportar los que nacimos en la década de los cincuenta. Los profesores me daban miedo, recuerdo una clase de matemáticas  en el santuario de Lluch, yo era blavet (denominación que se daba a los alumnos de este perverso santuario). El sacerdote que nos daba esta asignatura comenzó a pegar en la cabeza del niño que se sentaba a mi lado con unas llaves hasta que empezó a brotar la sangre.  Mi compañero de pupitre cuya cabeza sangró se llama Mora de apellido, nunca he sabido nada más de él. Maestros: dejen a los niños en paz, canta Pink Floyd. A mí no me dejaron en paz, sufrí las consecuencias de sus vidas frustradas. Los docentes que tuvo que soportar mi generación, salvo contadas excepciones, eran unos depravados. 

Y debido a que estamos en cuarentena, se me ocurre continuar el artículo hablando de esta encerrona. Definición: El que sigue después del trigésimo noveno, peine del telar que tiene 4000 hilos, conjunto de cuarenta unidades, edad comprendida entre los cuarenta y los cuarenta y nueve años, tiempo de cuarenta días, meses o años, cuaresma, aislamiento preventivo a que se somete durante un período de tiempo, por razones sanitarias, a personas o animales, suspensión del asenso a una noticias o hecho por algún espacio de tiempo para asegurarse de su certidumbre.

Para definir el aislamiento que nos ocupa la RAE no acepta el término hasta la séptima definición. Cuarentena: un espacio para ver los viejos papeles, viejas fotos en las que éramos más jóvenes y nuestros hijos todavía eran niños. Tiempo para poner orden a todos los papeles viejos que ahora ya son inútiles y los vamos a quemar para que no molesten, tiempo para pensar en que si todo volviera a empezar, si volviéramos a tener veinte años, no cometeríamos los mismos errores, cometeríamos otros. Pero nada tiene arreglo, somos una consecuencia aplastante de nuestra propia historia. Y la pena es que nuestros hijos no nos hacen caso cuando les advertimos de las cosas, quieren equivocarse por ellos mismo, igual como nosotros tampoco hacíamos caso a las advertencias de nuestros padres. Y así tenemos una realidad que no podemos transformar, sólo podemos evadirnos viendo una película porque la evasión de las horas de sueño no la controlamos y por la mañana quedamos sorprendidos cuando recordamos lo absurdo de los sueños, sueños que no son interpretables. La interpretación de los sueños es una patraña. La vida onírica es un caos que no vaticina nada aunque a veces refleja nuestros temores con metáforas descabelladas, luego, en estos casos, no hacen falta exégetas.

Nunca conocimos una cuarentena, y ahora metidos en ella de lleno podríamos pensar en destinar un tiempo a la lectura porque los libros ayudan a comprender lo comprensible de la vida y del mundo que nos rodea; aunque nada conduce a nada, y nuestra capacidad para comprender no llega muy lejos, de algo sirve. Por ejemplo, para disminuir nuestra arrogancia y para acogernos a la modestia y a la empatía. Esto ocurriría si la lectura nos enseñara a comprender que somos poca cosa y que no deberíamos aferrarnos a nada que sobrepase lo que nuestro entendimiento pueda comprobar razonablemente. Todo lo que somos y hacemos es para que los demás lo conozcan, lo vean y lo sepan, esto es así aunque nos cueste entenderlo (los extravagantes deberían tenerlo en cuenta) y resulta una desventaja respecto al resto de seres vivos, los animales no se mueven en estos parámetros, ellos actúan únicamente según su genética y su instinto, nadie les puede convencer de nada, no entenderían que tienen que respetar a un ser superior llamado dios. A mis perritas les traería sin cuidado porque no se enterarían de nada. Entrando en estas cuestiones procede escribir la conocida fábula de la rana y el escorpión:

Érase una vez una rana descansando en la orilla de un pausado río, cuando de repente se le acercó un escorpión y le dijo:
—Ranita,  ¿me puedes pasar a la otra orilla del río?
—Pues no —respondió la ranita— no porque tú eres un escorpión y me vas a picar y me matarás, los escorpiones sois así de malos.
—No seas tonta ranita —añadió el escorpión— si te pico mientras me cruzas el río tú morirás pero yo también porque me ahogaré, los escorpiones no sabemos nadar.
—Tienes razón, escorpión, no lo había pensado. Sube a mi lomo —terminó la ranita.
La ranita, con el escorpión a cuestas, comenzó a nadar y cuando faltaba más o menos la mitad para alcanzar la otra orilla el escorpión clavó su aguijón en el cuello de la ranita y ésta, agonizando, gritó:
—¡Qué has hecho, maldito animal! ¿No ves que ahora mismo moriremos los dos?
—Es que yo soy un escorpión —respondió el alacrán.

Una vez que creo haber logrado explicar con cierta solidez de criterios del reino animal, insistiré en los errores tan arraigados de nuestros antepasados y de la mayoría de la gente anciana de la actualidad y todavía bastante gente joven: creen que al morir podrán ir al cielo a vivir eternamente en un paraíso porque han sido buenas personas. Imaginan a dios con un lápiz y una libreta donde anota todos sus actos, si han ido a misa, si se han portado bien, si no han dicho palabrotas, si no han hablado mal de su vecino, etc. etc. Sí, la religión se ha ocupado de meter estas patrañas en la cabeza de la gente y hasta hace poco tenían mucho éxito. En otras culturas estas maldades todavía tienen un éxito aplastante, muchos desean morir para ir al paraíso repleto de agua cristalina, dátiles y bellísimas huríes. El sermón se basa en que nadie puede demostrar la existencia de dios, pero como tampoco se puede demostrar la no existencia, usan el recurso de la fe, hay que tener fe, y todos los que se lo creen se convierten en miembros del rebaño aleccionado. Es tan ingenuo el engaño que parece más propio de tiempos pretéritos. No es fácil entender que a estas alturas del siglo XXI haya tanta gente que todavía tiene los pensamientos atrapados en estos lodos.

Bajo estos razonamientos hace años escribí una teoría a la que llamé La teoría de la hormiga. Consiste en extrapolar una situación: si existiera un ente superior que fuera capaz de controlar el sol, los planetas, el universo, la vida, la muerte, el pasado, el presente, el futuro… su capacidad de entendimiento y sus perspectivas serían tan inmensas en comparación con lo humano que habría infinitamente más diferencia entre el entendimiento de este supuesto ente y lo humano que entre el entendimiento humano y el de una hormiga. No le podemos explicar a una hormiga que la tierra es redonda y que da vueltas alrededor del sol, una hormiga ni siquiera es capaz de percibir que existen los humanos, igual que los humanos no somos capaces ni siquiera de percibir a un supuesto ente superior que lo controla todo, si es que existe. Extrapolando a los Naturphilosophen, filósofos alemanes de la naturaleza que concebían el planeta tierra como un ser vivo, podríamos decir que también en el cuerpo humano viven millones de seres vivos y que todos los planetas y estrellas del universo podrían ser simples moléculas de un ser que no somos ni capaces de imaginar. Este pensamiento puede resultar alucinante, absurdo o brillante, pero alguien a quien respeto mucho me ha dicho que esta idea tiene más coherencia que lo que explican las religiones a sus feligreses. Si tenemos en cuenta la similitud entre un átomo y un planeta, entramos en unas ideas que nos llevan a decidir que es mejor quedarnos en nuestra ignorancia y proponernos una actitud más modesta ante la vida, ante los demás y ante nosotros mismos. Hay muchas razones para adoptar esta actitud de modestia. Sabemos que una piedra, por ejemplo, está compuesta por átomos cuyos electrones giran a unas setecientas mil revoluciones por segundo, observemos con atención esta piedra, no veremos nada que se mueva, sólo vemos una piedra; por eso sabemos que lo que somos capaces de percibir a través de nuestros sentidos no es, necesariamente, real. Los humanos sólo somos capaces de percibir cuatro dimensiones, tres espaciales y una temporal, pues resulta que hay once dimensiones. ¿Cómo podemos digerir esto si no es a base de sentir nuestras limitaciones?

Hoy es día dos de abril del fatídico año de la cuarentena, 2020, y no sé si vale la pena pensar tanto durante esta encerrona, casi mejor no pensar en nada y dejarse llevar por lo superficial, que al fin y al cabo es lo importante: prestar atención a los chistes que envían los amigos al whatsApp, leer algún libro y ver la tele. He recordado que desde el año 1981 hasta el año 1987 los domingos se emitía una serie de televisión que tenía muchísima audiencia. Esta serie llenaba las horas muertas de los domingos por la tarde, verla se convirtió en algo imprescindible. Cuando dejó de emitirse uno no sabía qué hacer en casa. Poco después leí en el periódico una columna del escritor Llop que decía que los domingos por la tarde nunca volverían a ser lo mismo sin la serie policíaca Canción triste de hill Street. He recordado la serie porque esta cuarentena me he enganchado a otra similar: Blue Bloods, familia de policías. Todavía es pronto para saber si esta serie dejará huella en los recuerdos de las personas como lo hizo aquella de los años ochenta, probablemente no porque ahora hay tantas series que pocas destacan muy por encima de las demás. Los guionistas de las series policiacas no tienen que estrujarse mucho el cerebro, basta con ver las noticias de televisión para montar guiones. Por eso pueden alargar la misma serie durante los años que quieran.
 
Esta cuarentena tiene que servir para algo bueno, recuperar recuerdos y ver la televisión sin otro afán porque no hay nada más que hacer. Todo pasará, se acabará la cuarentena y todos nos llenaremos de ánimos nuevos para reanudar la rutina de nuestras vidas con más alegría y más ganas de todo.



jueves, 12 de marzo de 2020

ENSAYO SOBRE LA DECADENCIA






Titularé ENSAYO a este escrito porque no voy a acogerme al rigor histórico de los acontecimientos.

Todo acaba derrumbándose. Algunos dicen que el Imperio Romano cayó por el socialismo y no entiendo muy afortunada esta afirmación ya que efectivamente cayó por el estado de bienestar, pero era a costa del sufrimiento de otros. En Roma la abundancia era abrumadora y la vida estaba basada en el epicureísmo dionisíaco. El poder romano subyugaba a las poblaciones de casi toda Europa y del Norte del África. Esta manera de vivir acaba con los que la practican, el alcohol y el sexo están bien pero con su justa medida. Prefiero no hablar de Sodoma y Gomorra no vaya a ser que me llegue algún castigo divino. Imagino que cuando una civilización castiga a su parte más débil acaba cayendo y todo resurge de nuevo de otra manera más o menos perversa. No estamos en tiempos de dictaduras, quedan pocas y son demasiadas; aunque hay quien dice que en China, por ejemplo, no pueden tener una democracia porque la población no está preparada y unas elecciones libres podrían ocasionar un desastre. El avance de China estos últimos años ha sido coherente, se ha convertido en la fábrica del mundo, en una potencia económica. Y así como la práctica transgresora del comunismo siempre ha asfixiado a la personas (Venezuela y Cuba, por ejemplo) en China hay una inmensa clase media emergente que sale de vacaciones y muestra un alto nivel de vida; nunca veremos gente así que pertenezca a una país comunista, así que China no es comunista, allí hay un capitalismo controlado por un solo partido político que tiene todo el poder y va avanzando hacia un futuro más coherente después de una historia truculenta. Mao (Comunista) fue uno de los mayores asesinos de la historia de la humanidad. Y si vamos a otro gran país: Rusia, nos encontramos que ahí también estuvo otro de los mayores asesinos de la historia de la humanidad: Stalin (Comunista). De alguna manera la revolución rusa tiene una explicación: los zares se creían dioses y se lo creían de verdad. Cuando una multitud hambrienta se amontonaba frente al palacio del zar, éste mandó disparar, así que su fin y el de su familia, de alguna manera, tiene una explicación. El pueblo ruso no tenía que aguantar esa soberbia asesina. Los primos europeos del zar Nicolás II no destacaron por su brillantez intelectual, pero no fueron tan subnormales. Ahora en Rusia las características del poder son complicadas, es el país que no deja que EEUU se pavonee demasiado, la otra cara de los poderes. Rusia es un país mejor fotografiado por la literatura de Fiodor Dostoievski que por León Tolstoi. Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov muestran una Rusia negra, real, cruda y poco hospitalaria, en cambio Leon Tolstoi en su novela Guerra y Paz nos muestra a un país complicado por la invasión napoleónica pero con personas entrañables; yo recuerdo la película con la abrumadora belleza de Audrey Hepburn quien fue elegida la mujer más bella de la historia de la humanidad. La Alemania de la primera mitad del siglo XX fue una barbaridad, un rencor por la derrota en la primera guerra mundial convirtió a la gente de este país en personas endemoniadas por la rabia, pero ahí también habría que ver la otra cara del asunto: los países victoriosos en la primera guerra mundial castigaron demasiado a Alemania, la asfixiaron económicamente y de ahí nació una rabia inmensa que acabó destrozando a toda Europa. Si no hubiera sido por la intervención de Estados Unidos y la Unión Soviética, Europa había acabado sometida a una dictadura atroz. La propia soberbia del demonio Hitler acabó con él. Si no hubiera invadido la Unión Soviética en 1941 tal vez Hitler no habría sido derrotado. Es paradógico que a Napoleón Bonaparte le sucediera lo mismo en 1812, su soberbia acabó derrotándolo en las inmensas estepas rusas cubiertas de nieve.  Sólo son 129 años de diferencia y Hitler se creyó superior a Napoleón y pensó que podría derrotar a Rusia, no entendió que Rusia es muy grande y que las nevadas son inmensas y que los invasores mueren de frío y de hambre o mueren por los disparos de los rusos camuflados en la nieve. En la nieve los rusos eran invencibles, ellos estaban acostumbrados al frío y todos, vestidos de blanco y bien armados, fueron a cazar nazis. La brutal derrota alemana también en la segunda guerra mundial parece que enseñó a los alemanes a comportarse y oficialmente lo hacen, pero siguen pensando que son una raza superior. Su civilización se basaba en la soberbia y cayó, igual que cayeron todas las civilizaciones basadas en el sometimiento de los pueblos. Pero hay dinastías que no han caído a pesar de sus atrocidades, son las que han sabido mimetizarse dentro de una modernidad que ya no les permite las salvajadas de antaño. Por ejemplo el rey Leopoldo II de Bélgica tomó El Congo como un coto privado de caza para saquear sus recursos: diamantes, oro, etc. obligando a los pobres nativos a trabajar esclavizados, también se divertía matando negros en la selva y divertía a la población exhibiendo seres humanos negros en los circos europeos como si fueran animales. Bertrand Russel dijo que Leopoldo II había matado a unos ocho millones de nativos de El Congo. Y ahí siguen sus descendientes nutriéndose de ese anacronismo de las monarquías. La decadencia no ha afectado mucho a estas instituciones también por el embobamiento de la gente que los adora, la gente hace interminables colas y horas de pie para verlos como si fueran dioses. También se mantienen porque han cambiado, como decía antes, ahora ya no matan a la gente ni violan a las núbiles.

Hay muchas decadencias: la burguesía mallorquina, para poder comer, acabó vendiendo sus palacios y sus tierras al gran pirata Juan March. Esa burguesía también estaba acostumbrada a una vida lujosa basada en la tenencia de tierras, unas tierras trabajadas por las gentes pobres por un mísero sueldo que servía apenas para comer. Esa burguesía acabó por los suelos y los herederos se tuvieron que poner a trabajar. Considero que los títulos nobiliarios son una vergüenza anacrónica. Qué es eso de que uno sea conde, marqués, duque, etc. Todos somos seres humanos y nadie tiene la sangre azul ni defeca cosa perfumada. Y muchos ricos lo son por haber subyugado a otros o por haber llevado una vida mísera y atenazada por la avaricia, ellos o sus antepasados. Y ahora a estas alturas de nuestro nuevo siglo tenemos muchas calles de todas las poblaciones con nombres de marqueses, condes, obispos, papas y de toda esa chusma que torturó y masacró a los más débiles. Si somos un país que ha evolucionado con una constitución moderna que obliga a respetarse ¿por qué no empezamos por eliminar las genuflexiones a los tiranos de nuestra vieja historia y también de nuestra historia contemporánea? Vaya mi respeto y admiración por esos ricos que lo son por su brillantez intelectual y/o artística y no por peculios antiguos y manchados de amenazas y de sangre. 

Y ahora paso a nuestra propia decadencia, la actual, de la nueva civilización Occidental. Creo que fue Bin Laden quien afirmó que El Islam se apoderaría de nuevo de España y después del resto de Europa a través del vientre de sus mujeres. Sí, parece que tenía razón, eso está ocurriendo a un ritmo más rápido de lo que hasta ahora hemos pensado. Todas las calles de nuestros pueblos están llenas de señoras musulmanas con sus vestidos de monja llevando una multitud de niños, unos que ya caminan y otros en sus cochecitos; los más crecidos ya no van con sus madres, éstos ya están con sus amigos por las calles y son bilingües: catalán y árabe. He escuchado que se pueden tener muchos hijos porque no cuestan nada, ellos lo ven así. Nosotros lo vemos de otra manera. Nuestra civilización ya es decadente igual que la del Imperio Romano en sus últimos lustros por culpa del estado de bienestar. Queremos tener dinero para que nuestros hijos puedan ir a la universidad y puedan tener coche. Las generaciones anteriores sí podíamos, pero las de ahora no pueden y por eso casi ya no se casan y apenas tienen hijos. Una mujer con tres o cuatro hijos pierde su oportunidad profesional por tener que dedicar tiempo a criar a sus hijos, antes sí lo hacían, ahora no. Necesitan perseguir una estabilidad profesional que escasea y buscan la estabilidad familiar que también escasea. Una mujer ya no quiere depender de su marido para costear su vida, el hombre y la mujer quieren tener libertad para deshacerse de su pareja al descubrir cualquier desliz o al tener una perspectiva más apetitosa o también puede resultar atractivo el hecho de estar libre de ataduras para vivir en la arraigada promiscuidad actual. El alcalde de Londres, Sadiq Khan, es musulmán; la ocupación de cargos importantes por personas musulmanas va a proliferar en toda Europa a pasos agigantados. En las siguientes generaciones el Islam se irá apoderando paulatinamente de los centros de poder y nuestra civilización desaprecerá antes de cien años. 

El gran poder económico lo domina todo y actualmente se ha hecho ostensible el hecho de que no hay reparto de riqueza porque han arruinado al pequeño empresario. El negocio de lo básico: vestir y comer lo han acaparado de tal manera que nadie puede poner una tienda de comida ni de ropa. Las grandes corporaciones pueden vender más barato a base de martirizar a sus proveedores ofreciéndoles una facturación mayor, y así el tendero ha desaparecido y la riqueza que se genera va toda a los paraisos fiscales. Y la gente no se da cuenta de que debería ir a comprar en los mercados de los pueblos y en los pocos comercios que no pertenecen a esas feroces corporaciones empresariales. El salvaje poder económico parece que no es consciente de que su retorcida manera de actuar también acabará con ellos. La decadencia es una enfermedad que nos está consumiendo lentamente y no podemos hacer nada para evitarlo. No somos capaces de hacer nada para evitar nuestra propia destrucción. Obedecemos la publicidad del poder, hacemos lo que nos mandan, compramos lo que nos mandan y en el lugar que nos indican. Somos como los soldaditos rasos de un poder oculto que en lugar de sangre tiene ácido sulfúrico circulando por sus venas y los políticos son los títeres ejecutores de sus estratagemas. Pero la decadencia es algo inmanente a la condición humana: una vez que hemos conseguido el bienestar deseado lo echamos a perder. El poder quiere más poder y lo consigue, después revienta porque las paredes que sujetan su enjundia no resisten tanta soberbia.




lunes, 2 de marzo de 2020

EL URUGUAY

El río de los pájaros pintados
Para nosotros el artículo sobra, basta con decir Uruguay, pero en este pequeño país sudamericano sus habitantes dicen "El Uruguay", y no se refieren a ellos mismos como uruguayos sino como orientales porque claro, este país está en la parte oriental del continente. Yo aterricé en Buenos Aires y fui a tomar un barco con la intención de atravesar el río de la Plata y llegar a Uruguay. Creí que sería una gabarra, pero no; era un barco igual que los que van desde Palma a Valencia, un barco enorme. Atravesamos el río navegando más de una hora por unas aguas color café con leche que chocaban de forma perpendicular contra el navío, pero éste ni se inmutaba.

Juan Zorrilla de San Martín, poeta uruguayo de padre español y madre uruguaya, bautizó el río Uruguay como el río de los pájaros pintados, y así lo hacen saber los guías turísticos cuando llevan a la gente a una ruta que llaman “City Tour”. Uno presta atención cuando escucha cómo se recuperan antiguas perlas poéticas en esos paseos urbanos. El guía Explica que el nombre de la capital de Uruguay: Montevideo, posiblemente se deba a una visión desde el mar de aquellos intrépidos españoles que vinieron aquí a perturbar la paz de los aborígenes. Desde el mar se ve un monte que es el que hace seis de Este a Oeste, por ello, la cosa sería así: Monte VI D E O. Montevideo es la ciudad de Benedetti, un poeta sensible, ya fallecido. Aún vivía cuando yo estuve allí. Los libreros lo conocían bien, era Benedetti, un hombre que embellecía lo cotidiano y hablaba dulce con el frustrado afán de que todo fuera más lindo: el amor, la convivencia, la amistad... Bastan tus libros, Benedetti, los dejaste ahí para que uno vuelva a leerte, o empiece a leerte; vuelva a estremecerse, o empiece a estremecerse con la ternura y la sensibilidad que algún día nos sonrojó. Y que ya hemos olvidado inmersos en un discurrir cotidiano que aquí, en tu ciudad, todavía se puede soportar. Cenando solo en una terraza de la plaza de Montevideo me quedé observando a una pareja de adolescentes que con la música de un radiocassette de estos antiguos bailaban Tango por unas monedas. Puede que yo no haya visto un baile tan estilizado y perfecto como el de aquellos chicos. Tal vez la recaudación les bastó para poder cenar aquella noche.  

A los españoles nos llaman “Gallegos”. No les parece mal a los uruguayos que les digas: “Tú eres”, a pesar del abrumador contraste con el “Vos sos” que utilizan ellos.















En Uruguay pastan catorce millones de cabezas de ganado y viven en este pequeño país menos de cuatro millones de habitantes. Todas las tardes llueve, cae una lluvia limpia y amable que nutre los campos para que aflore un verdor puro. Las colinas son suaves, no vi brusquedades orográficas. La lluvia queda recogida en las vaguadas y forma pequeños lagos azulados para que las reses y los pájaros puedan beber. En las urbanizaciones no ponen barreras frente a las casas que obstruyan el paso, amontonan la tierra y ésta queda cubierta inmediatamente de verde, un verde natural que ofrece hospitalidad.

Punta del Este es el lugar más cosmopolita de este pequeño país, es algo parecido al Puerto de Andratx o Puerto Pollensa, por ejemplo, pero al estilo USA. Hay aeropuerto y se ven aviones privados que pertenecen a los actores famosos que vemos en las películas de Hollywood. Hay edificios inmensos, más allá de lo que estamos acostumbrados a ver. Allí un apartamento en estos edificios inmensos puede costar más de dos millones de dólares. Los restaurantes están en consonancia, como los mejores de aquí. Así pues Punta del Este es la excepción, una especie de Shangri-La (Sangri-La es el topónimo de un lugar ficticio descrito en la novela Horizontes Perdidos publicada en 1933 por su creador, el británico James Hilton, llevada al cine en blanco y negro con el fallecido actor Ronald Colman como protagonista) en un país pobre y pequeño donde se puede ver a un ministro ir al trabajo en una antigua Vespa. Vi una inmensa mansión que según me dijeron era de Fernando Collor de Mello, ex presidente de Brasil que acabó destituido y creo que en la cárcel por corrupto. A este corrupto personaje Gerge W. Bush lo llamaba Indiana Jons. El océano Atlántico tiene dos caras en Punta del Este, una brava y la otra mansa, a elegir. En la brava las olas son agresivas, nadie se mete en la playa, las olas se llevarían a cualquiera. Y la mansa no es tan mansa como nuestras playas. Los océanos no son como nuestro pacífico y agradable Mediterráneo. Fuera de Punta del Este, que es un recinto para ricos, una persona puede tener una casa en la playa, no hay problema; hay tierra llena de árboles que se vende fraccionada a un precio razonable, imagino igual que Alcudia en los años cincuenta, por ejemplo. La brisa austral de la playa apenas enrojece la piel de un europeo, puede que en la otra parte del mundo el sol sea más condescendiente, pero no lo sé.


Ceiba Speciosa

En Uruguay abunda la Ceiba Speciosa, un árbol más conocido en Sudamérica por Palo Borracho y aquí es más conocido por Chorisia. No muy atinadas esas definiciones para nombrar a un precioso árbol que se llena de flores y embellece las calles. En la rotonda del camino de Jesús de Palma hay dos chorisias, una de ellas se llena de flores en primavera.