jueves, 30 de marzo de 2017

VALENCIA Y LAS FALLAS






Existen datos sobre la fecha del inicio de esta tradición: a finales del siglo XIX, pero hay quien dice que es una tradición mucho más antigua. Según parece se originó para dar la bienvenida a la primavera quemando trastos viejos y virutas en el gremio de los carpinteros. Un mallorquín en Valencia no siente ese cosquilleo casi orgásmico que alborota a los valencianos ante los tremendos pertardazos de las ”Mascletá”, el olor a pólvora y las satíricas perspectivas de las efímeras construcciones.

El Castillo, llaman así a la explosión del cielo. La luz de colores revienta la oscuridad de la noche y la gente, apretujada como sardinas en todas las calles, exclama: ¡Ohhhhh! Este año lo pasé mal porque cuando uno lleva ya casi cuatro horas de pie sin que haya ni una acera ni medio metro cuadrado de asfalto libre donde sentarse se nota cierta inquietud. Pero sí, es una fiesta explosiva en la que uno acaba con los oídos doloridos de tanto estruendo y con los pies destrozados de tanto caminar. Sólo vimos unas diez fallas de las setecientas y pico que plantan en la ciudad de Valencia, eso nos da una idea del tamaño de la celebración. Durante los siete años que viví en Valencia quien peor lo pasó fue mi perrito Mico; los petardos, que se oyen por todas partes, lo atormentaban, se escondía debajo de las camas temblando. Creo que murió de miedo.

La parte más entrañable de las fallas fue la compañía de mi querido amigo Josemari y de su mujer, Fátima. Recordé aquellos años en que los vecinos íbamos a cenar y de copas todos los viernes, y los domingos quedábamos citados para hacer paellas. En la urbanización Mas Camarena, donde yo viví, los vecinos nos visitábamos constantemente para probar una cerveza o un licor, para ir a comprar flores en primavera o para contar el último chiste. A mí, que soy un cocinero mediocre, me tocaba hacer arroz brut. Sí, el contrateste del carácter valenciano con el mallorquín es abrumador; el mallorquín, fuera de su reducido círculo, es hermético. Y en los casos en los que se supone un alto nivel académico o económico a menudo veo un acentuado hieratismo, una solemnidad que marca distancias. En Valencia todo es más abierto y también más tenso y más veloz.

Ya en Campanet, un vecino entrañable intentó organizar una cena con unos cuantos vecinos del final de mi calle y fracasó. Esa iniciativa demuestra que no se puede generalizar en nada. Tampoco se puede decir que todos somos de una manera o de otra porque ya se sabe que las excepciones confirman las reglas.

En Valencia, generalmente, los divorcios no separan a los amigos. Mi amigo Josemari, que se ha vuelto a casar, sigue con los mismos amigos, las mismas cenas y las mismas paellas, y mis amigos mallorquines de toda la vida, desde que me he vuelto a casar ya no me invitan, y cuando lo hacen es porque son comidas sólo de hombres. Hay quien dice que soy un mallorquín Light. Yo no lo sé, pero lo que sí es cierto es que conozco un poco nuestro país, trabajé dos años en Madrid mientras vivía en Valencia y me estaba dando cuenta de que sí somos cerrados los mallorquines, pero yo no me siento cómodo fuera de Mallorca, en la península no saben hacer pa amb oli, el pan es raro y no se respira ese aire sosegado de Mallorca. He vuelto a la casa donde nací y no deseo irme nunca más, aunque creo que a partir de ahora iré todos los años a las Fallas de Valencia. Allí, la nostalgia de aquellos tiempos en los que el siglo pasado agonizaba y la nostalgia por aquellos amigos a veces me humedece los ojos, y es sólo porque añoro el compañerismo y las fiestas, añoro las noches de conversaciones destrabadas y añoro la ausencia de conductas fingidas. Sin embargo, allí fue donde terminé mi novela MARÍA LEÓN, en cuya solapa escribí que se trataba de una conclusión novelada de mis pensamientos que podían englogarse en unas palabras pronunciadas por Saramago y referidas a Kafka: “La visión de un mundo agonizando por el absurdo”.


domingo, 5 de marzo de 2017

AUTODIDACTAS







Yo creo que es mejor ir a la universidad, y así he conseguido que mis hijos tengan un título universitario, bueno lo han conseguido ellos, yo sólo puse las conversaciones, el empeño y los medios necesarios. El mayor es licenciado en Derecho y el menor es diplomado en Ciencias Empresariales. Los estudios son una base que ayuda a abrirse un camino profesional; pero por otra parte son una disciplina que obliga a trabajar las letras o las ciencias, y esa obligación nos lleva a esforzarnos para aprobar los exámenes y obtener un título oficial. Se obtiene también el conocimiento y, por decirlo de alguna manera, el desperezamiento de las neuronas. Los estudios obligan a trabajar al cerebro y a quitarle la pereza, luego, supuestamente, la persona que ha estudiado tiene más capacidad para comprender las cosas. Pero no todas las personas son iguales: los que han estudiado y se han esforzado mucho para ser médicos, abogados, economistas, ingenieros etc. no significa que entiendan cosas que no pertenecen a su ámbito de estudio, y es una pena. Muchos profesionales importantes se centraron tanto en su profesión que perdieron el interés por otras cosas de la cultura y la ética. Imagino que hay muchas excepciones, una de ellas es mi amigo Vicente Carles, quien, siendo arquitecto técnico, escribió en mi Blog una disertación sobre literatura que me encantó. Aquí dejo mi admiración por Vicente y el recuerdo de unos tiempos vividos en Valencia, y el recuerdo también de los paseos desde su oficina al estanco de la calle Artes Gráficas para comprar un paquete de tabaco. Otra excepción es el prolífico Isaac Asimov. La famosa frase que he puesto en el encabezamiento viene dada por ser él autodidacta como escritor. Los estudios que le dieron capacidad para escribir novelas de éxito fueron autodidactas porque su formación universitaria era de Química. El conocimiento no se obtiene solamente en la monotonía del estudio, hay un complemento muy importante, se trata del interés que tenga uno en la materia que está estudiando. Cuánto más nos guste lo que estamos estudiando mejor lo entenderemos y mayor será nuestro éxito profesional en la rama a que nos dediquemos. Me remito a Emilio, título de un voluminoso libro sobre la educación que escribió Jean Jacques Rouseau, y, sin que él fuera un ejemplo de educador (abandonó a sus hijos), plasmó unas teorías que hoy en día en Occidente se consideran el primer tratado sobre filosofía de la educación. Aunque de Rouseau a mí lo que más me gustó fue su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres y el contrato social. 

Todo eso que acabo de escribir es lo normal, lo que popularmente se sabe. Pero hay otras cuestiones, hay que preguntarse cómo es posible que uno de los grandes genios de la literatura universal fuera autodidacta. Cervantes no fue a la universidad. La de su ciudad, Alcalá de Henares, la había fundado el cardenal Cisneros un siglo antes. Cervantes fue capaz de escribir la obra literaria por antonomasia. Y ya entrando en lo contemporáneo tenemos al Nobel Saramago cuyos estudios fueron de formación profesional: Cerrajería. Después tenemos a García Márquez, a Jorge Luis Borges y muchos otros ilustres sin título universitario. En el cine tenemos a Woody Allen, Stanley Kubrick o Tarantino que tampoco fueron a la universidad.

En la ciencia tenemos a los más antiguos como Arquímedes, Da Vinci y Pitágoras, entre otros. Hay algo muy curioso con el teorema de Pitágoras: muchos profesionales de la construcción y de la industria lo utilizan en la actualidad, sin saber porqué, de manera inconsciente, para trazar una perpendicular perfecta. Por ejemplo: un albañil tiene que levantar una pared perpendicular a otra, luego ¿cómo lo hace? No es fácil porque no tiene nada en el espacio que se lo marque salvo que utilice una escuadra enorme. Entonces, de manera automática, marca un punto y a un metro exacto de ese punto, en la pared existente, marca otro punto, luego genera una línea oblícua desde el segundo punto que mide exactamente 1,4278 mts. Y ahí está la línea perpendicular perfecta: desde el primer punto hasta donde ha llegado la línea oblícua. Este es el teorema de Pitágoras, y ahora que lo sabemos es sencillo porque el cuadrado de la hipotenusa es exactamente igual a la suma del cuadrado de los catetos. Pero resulta más inquietante el número PI, que no tiene un autor concreto porque ya dos mil años a.c., en el antiguo Egipto, los matemáticos ya se estaban aproximando a él a base de conjeturas. Pi es irracional porque da igual el tamaño de la circunferencia, sea la de un planeta o la de la esfera de nuestro reloj: si dividimos la longitud de la circunferencia por su diámetro siempre nos dará: 3,14159265 etc.

En el siglo XX tenemos a Nicola Tesla, un científico inquietante. Gracias al él tenemos los mandos a distancia y los teléfonos móviles. Él determinó que la electricidad se debía distribuir en corriente alterna en contra de la creencia de Edison, quien se equivocó al estar convencido de que la corriente debía distribuirse continua. Pero sobre Tesla hay mucho más, él creía que la electricidad podía estar en el aire y ser gratuita y que no hacían  falta cables para distribuirla, que podía captarse igual como ahora captamos las ondas de radio y televisión. También diseñó el rayo de la muerte del que ahora nos queda el láser. Por eso, tal vez, la ortodoxia lo trató de científico loco. Pero la brillantez intelectual de Tesla no es sólo eso, casi toda la ciencia del electromagnetismo descubierta por Faraday y Maxwell la desarrolló Tesla, quien, sin tener un título de ingeniero, ha resultado ser uno de los ingenieros eléctricos y mecánicos más importantes de la historia. Dodge y Ford, cuyos coches supongo que existirán siempre, fueron autodidactas. Y de los recientes más destacados: Bill Gates, Mark Zukerberg y Steve Jobs no hace falta decir nada, sólo que ninguno de ellos obtuvo título universitario.

No puedo terminar un artículo sobre autodidactas sin referirme al matemático indio Ramanujan, su sabiduría puede hacernos creer en la ciencia ficción, o tal vez nos pueda llevar a pensar que existe la palingenesia (una doctrina utópica que utilicé como herramienta literaria en mi novela MARÍA LEÓN). Ramanujan no estudió más que lo básico del colegio, por lo que su inteligencia podría tener un origen epígono, como si él se hubiera regenerado durante miles de vidas dedicadas a las matemáticas. Durante su estancia en Londres se puso de manifiesto que él iba muy por delante de los más brillantes matemáticos de la época y, a regañadientes, la flema británica lo tuvo que hacer miembro de la Royal Society en 1918.


La lista de genios autodidactas desde la antigüedad hasta nuestros días es interminable. Pero esto no significa que todos los autodidactas sean genios. Por ejemplo: yo soy autodidacta, estudié Ingeniería Industrial, Historia y Filosofía y no soy un genio. Y tampoco significa que los que no son autodidactas sean geniales, hay mucha gente con título universitario que no destaca, precisamente, por su brillantez intelectual.