Por fin ya vemos algo de luz, mañana será viernes y en
lugar de ir de cena y de copas nos tendremos que quedar en casa por el maldito
virus. Pero sí, es cierto, mañana será viernes. El mejor día de la semana
porque por la tarde ya no trabajamos y tenemos dos días de vacaciones por
delante. Pero da igual, no nos hagamos ilusiones, hoy solamente es jueves.
Un buen día para preguntarse qué culpa tiene la Biblia
de la desdicha humana. Si empezamos por el Génesis, el inicio de todo, primer
libro de la Torá o Pentateuco y, por tanto, también es el primer libro del
Tanaj judío y del Antiguo Testamento de la Biblia cristiana. Si buscamos un
poco el origen de los orígenes nos encontraremos con los cuentos de las
abuelas. El Génesis procede de una tradición oral del segundo milenio a de c.
La gente no sabía escribir y se inventaba historias cuánto más truculentas más
interesantes. Si las religiones, siempre interesadas en dominar a las masas,
hubieran asumido los escritos bíblicos igual como los escritos mitológicos, tal
vez estos cuatro últimos milenios los humanos habrían vivido con menos guerras,
menos hambrunas y menos desdichas. Y la ciencia habría podido nacer muchos
siglos antes. Se podrían haber evitado estas espadas atravesando los estómagos
del enemigo, se podrían haber evitado muchas muertes por inanición de niños con
padres asesinados. Qué diferencia hay entre los doce dioses del monte Olimpo y el dios de
la iglesia católica: ninguna, ningún dios existe. Los dioses sólo intervenían cuando las cámaras fotográficas y las
grabadoras no se habían inventado. Y así cualquiera podía atribuir actos y palabras a los dioses. Por eso me
resulta increíble que la ingenuidad de la gente se pueda contar por miles de
millones. Qué vacío tiene la gente para tener fe en estas patrañas,
no lo entiendo. Lo que sí entiendo es que sólo se puede avanzar en el
pensamiento cuestionando lo establecido, si aceptamos lo que nos dicen
continuamos dentro de los pensamientos tradicionales. Si alguien no se hubiera
preguntado por qué no podemos construir un avión y volar, nunca se habrían
fabricado aviones. Y entonces por qué no se pregunta la gente el motivo por el
cual siguen en vigor unas creencias caducadas, unas fábulas de la antigüedad
que hoy en día resultan mustias incluso como cuentos para los niños. Es
patético escuchar a un cura diciendo misa, si escucháramos con atención nos parecería
que nos están tomando por imbéciles, pero no, da igual lo que diga el cura, no
nos lo vamos a cuestionar, es la palabra del Señor. y así, escuchando la palabra del Señor, un cura, en un funeral al que asistí, canturreando con esa voz afeminada de algunos dijo: nadie tiene derecho a vivir si no es en el camino del Señor. Tuve que contener las ganas de gritar en la iglesia y decirle a este depravado sacerdote a ver si nos estaba amenazando de muerte como hacían antes. Estas palabras del sacerdote nunca se me olvidarán, lo escuché tal cual lo digo, no me lo podía creer.
La herencia de lo que sabemos de la antigüedad también
está adulterada y por eso deberíamos cuestionarla. La quema de la biblioteca de
Alejandría sesgó la posibilidad de conocer cosas que nunca sabremos, cosas que
podrían haber cambiado los textos de la historia de la humanidad y
probablemente habrían abolido el inicio de las religiones o las habrían matado
antes de que nacieran. Y después están los apócrifos. Con este asunto ocurría
que por la noche se dejaban los libros en largas mesas y en posición vertical,
luego por la mañana todos los libros que aparecían tumbados eran los apócrifos,
los había tumbado dios sigilosamente, por eso estos libros debían ser
condenados y apartados de la Biblia. Sólo trascienden las amenazas
divinas contra los débiles humanos, no sólo son amenazas de muerte. Hay mucha
más crueldad en la Biblia, dios no nos matará sino que nos mantendrá vivos para
que podamos sentir el fuego en nuestra carne eternamente, ni siquiera tendremos
la posibilidad de suicidarnos, no, el sufrimiento y la tortura serán eternos.
Lo demostró la santa inquisición como preparativo para la eternidad de los
apóstatas, los quemaba vivos en la hoguera y su muerte no era tal, se trataba
de un preparativo para entrar otro fuego consciente y eterno. No quisiera que
mis artículos se convirtieran en una tautología contra las
religiones, pero uno recuerda cómo nos gritaban los curas amenazando con el
fuego eterno en nuestras entrañas, éramos niños y nos hablaban así los curas.
Tal vez estas amenazas se queden alojadas en la memoria y no sea tan sencillo
olvidarlas. Cuando iba a cumplir veinte años ya comencé a cuestionar lo que me
habían enseñado y a perder el miedo a dios porque un día en la iglesia de
Campanet, de rodillas, supliqué a dios que me demostrara que existe, yo le
decía: mueve algo, haz un guiño con una nube, algo que me demuestre que yo
pueda seguir creyendo en ti. Nada, nada de nada. Pensé en lo insignificante de
mi persona ante dios, pero luego decidí que si me iba a juzgar al morir para
decidir mi destino sí era yo importante y debía escucharme. Nadie me escuchó y
dejé de pensar en todo ese engaño durante muchos años. Luego, pasado el tiempo,
vuelve a mis pensamientos aquella patética educación, aquellas amenazas,
aquellos gritos, y encima el cara al sol de la dictadura. Con este panorama me
sorprende que no hayamos crecido con serias anomalías mentales. Menos mal que nuestros
hijos ya no han sido víctimas del fanatismo eclesiástico/militar.
El anagrama-logotipo de la iglesia católica es un crucifijo, lo exhibían los asesinos de la santa inquisición y sigue ahí, en iglesias, cementerios y como estandartes de los confalonieros de Semana Santa, sigue la cruz enhiesta exigiendo genuflexiones a quienes piden gracias que no se les concederán. No tuvo tanto éxito el anagrama-logotipo del nacionalsocialismo de Hitler, el esplendor de su esvástica
murió con él.
Hoy, jueves, yo le digo al papa Francisco y a todos sus acólitos que ya deberían dejar de actuar como si fuera cierto lo que
representan, todos, incluso ellos mismos, saben muy bien que dios no existe; pero esa farsa les
mantiene con una vida de gran lujo en sus palacios, así que ¿por qué van a
reconocer que lo suyo es una farsa? No lo van a hacer nunca. Ni siquiera cuando
ya nadie vaya a sus misas ni les entreguen sus propiedades los que van a morir
sin herederos, ni siquiera entonces van a cerrar su negocio porque son muy
ricos, podrían erradicar toda la pobreza del mundo con su dinero. Así que por eso insisto: papa Francisco
y acólitos: déjense de tanta hipocresía y vendan sus palacios y repartan su
inmensa riqueza entre aquellos que ven a sus hijos crecer en el
hambre.